Traslado de velero (Dufour 36) : Karracucas

180 Millas a través de la costa galaico-portuguesa.

Mayo 2011

portada figueira-ribeira

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Unos amigos y socios habían comprado en Alicante El Karracucas, un velero de segunda mano de algo más de 11 metros eslora. Había que trasladarlo hasta Ribeira, lugar que sería provisionalmente su puerto base.
Entre varios colegas lo traerían desde aguas alicantinas, navegando y costeando, a través del mar de Alborán y el golfo de Cádiz.
Después de parar en varios puertos y entrar en aguas portuguesas, alcanzarían Figueira da Foz, a unas 80 millas al norte de Lisboa.
Quedaban otras 180 millas para finalizar esta travesía.

Habíamos salido en coche Juan y Yo (Fernando) desde Santiago de Compostela, un viernes por la mañana a finales de mayo, para viajar a esta preciosa ciudad donde se encontraba amarrado el Corredor V, antiguo nombre del Karracucas.

Llegamos a Figueira da Foz hacia las 17:00 horas para hacer el relevo de la tripulación que lo había traído hasta aquí.
Después de embarcar y hacer los preparativos necesarios para realizar una nueva singladura, posiblemente sin parar, como llenar tanques de gas-oil, compra de víveres, y planificación de derrota, zarpamos sobre las 20:30 h.

A motor, y desde el náutico donde estaba amarrado el barco, salimos por el río que lleva hasta el mar abierto, un estrecho canal de apenas 1 milla de longitud por 50 metros de ancho.
Una vez alcanzada esta línea de costa, ponemos un rumbo NW (315º) que no variaríamos hasta haber recorrido unas 4 millas.
Desde esta separación a tierra, pensamos que sería suficiente para navegar con seguridad. A partir de aquí y después de poner un rumbo Norte (000º), la línea de costa se iría alejando poco a poco hasta separarnos unas 10 millas de distancia. Esta derrota nos llevaría a marcar sobre la carta una línea paralela a la costa que mantendríamos más de 100 millas A partir de ahí, el mismo rumbo nos iría acercando de nuevo a tierra para entrar en aguas gallegas,

Cuando abandonamos el cauce del río y nos adentrábamos en mar abierto, nos encontramos un mar de viento bastante desordenado y con una altura de ola unos 1,5 mt. Esto unido a que el período entre crestas era muy corto, hacía que las paredes de las olas fueran bastante verticales.
Con estas especiales condiciones se hacía muy incómodo navegar y deberíamos estar timoneando a mano hasta bien entrada la noche que empezaría a calmar.
Esta meteorología en esta época del año, a finales de mayo, es bastante común para esta zona.
En esas fechas y en ausencia de borrascas, las condiciones para navegar suelen ser normalmente buenas y predecibles, pero hay que tener en cuenta los vientos virazones que se forman a partir del mediodía cuando el cielo está despejado y el sol empieza a calentar con fuerza.
Como sabréis, los vientos virazones son originados por el hecho de hacer mucho más calor sobre la superficie de la tierra que en el mar, y se dan normalmente por las tardes. En consecuencia hay una ascendencia de aire mucho más rápido en tierra firme que sobre la superficie del océano ya que éste se mantiene a la misma temperatura.
La rápida ascendencia de ese aire sobre el continente, deja un vacío que lo llena una entrada de aire fresco e intenso desde el mar hacia tierra firme para estabilizar esa franja que une la placa continental con la oceánica.
Estos fenómenos, conocido como vientos terrales y virazones, se producen en todas las costas del mundo debido siempre a las diferencias térmicas entre tierra y mar.
El viento terral también se produce por esas mismas diferencias de temperatura, aunque en este caso es al revés, la masa de aire que está sobre la superficie del mar es más cálida que la temperatura sobre la tierra. Es el típico caso de otoño e invierno, especialmente en latitudes medias y cuando se forman grandes anticiclones sobre los continentes, donde por las noches hace mucho frío, mucho más que sobre el mar.
Este vientos locales solo se produce en los encuentros de mar y tierra, y a medida que nos vamos separando de la costa, el viento va perdiendo fuerza. A partir de las 20 millas de separación, prácticamente este fenómeno no existe.

Las olas formadas por ese viento virazón estaban en su momento álgido debido a que el viento había estado soplando con fuerza toda la tarde.
A partir de las diez de la noche, hora que aproximadamente se ponía el sol, el mar empezaría a quedarse poco a poco ya que el viento para esa hora desaparece casi totalmente, y pasados dos o tres horas más, es decir hacia la una o dos de la madrugada, empezaríamos a notar como se iría quedando el mar casi del todo.

Eran las 03:00 horas cuando realmente ya se navegaba con un mar totalmente en calma, sin nada de viento y una luna llena que nos haría disfrutar de unos momentos mágicos. Bueno yo no. Yo había estado esa tarde/noche algo indispuesto hasta esa hora.

El que disfrutaba muchísimo era Gorka, que en ese momento estaba al timón de guardia y yo de retén, es decir de guardia descansando. Juan a esa hora ya le tocaba su turno de irse a dormir.
Gorka había venido desde Madrid para embarcarse con Juan y conmigo. Él estaba muy ilusionado ya que era su primera “gran travesía” y además se estrenaba como armador en sociedad con los demás colegas que participaban en la adquisición de este velero.

Al amanecer, con Gorka todavía sin haber descansado prácticamente nada, nos turnamos para ir recuperando algo de la falta de sueño en la noche anterior.

A eso de la 12 del mediodía siguiente y con los tres tripulantes más que descansados, nos encontramos en la bañera y disfrutando de las buenísimas condiciones del mar.
Aunque no hacía más que una ligera brisa del norte, no era suficiente para navegar solamente a vela, con lo que llevábamos izada la mayor y motor en marcha. A dos mil vueltas conseguíamos una velocidad media de 5 a 6 nudos.

Fue en ese momento de mañana muy luminosa con el cielo casi totalmente despejado y el mar de un intenso color azul brillante, cuando de repente aparecen un grupo numeroso de delfines y deciden acompañarnos en nuestra travesía un buen trecho, haciendo piruetas y compitiendo con nuestro barco.
Apurando el paso, bajo a la cabina a coger la cámara de fotos para inmortalizar esos instantes.
Cuando parecía que iban a marcharse, vuelven, yo me acuesto en la cubierta y a proa, pongo la cámara en mi mano derecha y a la altura casi del agua, me paso más de 5 minutos grabando y a veces ellos pasan a menos de 1 metro de mi mano. Fenomenal recuerdo y formidable video.

Después de comer algo ligero en cubierta, notamos como el viento empieza a arreciar poco a poco, y a medida que nos metíamos en la tarde nos permite apagar el motor para navegar solamente a vela. El viento se había establecido en 15 nudos y había rolado hacia el oeste- noroeste, lo predecible, La temperatura empieza a subir generosamente por las tardes, ya estamos casi en junio. Sacamos toda la vela y empezamos a navegar como mandan los cánones y a la vieja usanza, “a toda vela”.
La verdad que hay una enorme diferencia entre navegar a motor y navegar a vela. Es como el día y la noche amigos. En la vela está la esencia de la navegación.

Para las 9 de la tarde, y con el sol cerca del horizonte, nos disponemos para dar cuenta de una buena cena aprovechando que el mar está en calma y el viento empezando a quedarse para dar paso a otra tranquila noche de primavera.
A esa hora estábamos entrando en aguas gallegas, muy cerca de la desembocadura del río Miño, separación natural de Portugal con Galicia, y a los pies del majestuoso monte de Santa Tecla.
Este monte con una altitud de 341 metros y de pronunciadas pendientes que caen directamente al mar, está situado justo en la desembocadura y la parte norte del río. Desde la cima, en días despejados y buena visibilidad, se puede llegar a ver los tres grandes Archipiélagos que conforman el P.N. de las Illas Atlánticas (Cíes, Ons y Sálvora) y casi toda la fachada atlántica hasta el cabo de Fisterra.
En lo más alto del monte se encuentran los castros. Son auténticos restos arqueológicos de hace unos 2000 años. Están muy bien conservados algunas partes de las construcciones del pueblo celta, que dominaban estratégicamente estos lugares de interés, a menudo cercanos a las costas.
Nos adentrábamos en la noche cuando terminábamos de cenar y, como íbamos muy bien de tiempo, decidíamos entrar en Baiona para poder dormir amarrados a tierra. Siempre es una forma de descansar más horas y mejor.

Eran las 02:00 horas cuando estábamos decidiendo si fondear en la abrigada ensenada de esta turística villa o amarrarnos en alguna de las marinas.
Al final decidimos amarrarnos a unos pantalanes nuevos que estaban montando y que aún no disponían de enlaces a tierra, por lo que después de aproarnos al viento del norte que todavía se mantenía dentro de la bahía, y afirmar cabos, nos disponíamos a dormir. Aún nos quedaban unas 40 millas para el día siguiente.

El domingo, nuestro ultimo día de travesía, nos levantamos a las 08:00 horas, preparamos café que nos tomamos con algunas galletas y pan, y nos disponemos a arriar amarras a las 09:30 h.
Hasta Cíes había unas 12 millas. Hasta Ons unas 25. Pensamos que podríamos llegar con tiempo suficiente a esta última isla para poder comer el famoso pulpo en Casa Chechu, nos lo teníamos merecido.
En medio de una calma total, ibamos dejando atrás Baiona, la ría de Vigo, las islas Cíes y la Costa de Vela. Llegábamos a Ons en un día fantástico, justo a la hora de comer, 14:00 h.
Desembarcamos y disfrutamos de un par de horas en la famosa terraza de Chechu.
En esta época del año apenas hay turistas en estas islas, y la tranquilidad que se respira es muy contagiosa.

Para los que nunca habéis estado aquí, debo deciros que sentado en la terraza de este bar dominas unas vistas impresionantes, viendo buena parte de estas costas entre las rías de Pontevedra, Vigo, Aldán e islas Cíes.
A quién le guste el pulpo en caldeirada o a la gallega, este es el lugar por excelencia. Pero también la empanada de zamburiñas, o cualquier otra comida típica.

Embarcamos hacia las 16:00 horas para retomar el viaje. Solamente nos quedaban 12 millas hasta Ribeira y toda la tarde para navegar.
Para esa hora “ o vento mareiro”, (virazón), como le llaman algunos “viejos”pescadores de estas zonas, ya se había activado.
Salimos de la protección de esta isla para después de izar velas, poner un rumbo norte, que nos llevaría directamente hasta Ribeira, nuestro destino.
Esta ciudad situada en la parte norte de la ría de Arousa, es el primer puerto que encontramos según entramos en esta Ría.

Eran las 18:00 horas cuando estábamos arriando velas en la bocana del puerto. Algunos de los socios del Karracucas estaban en el espigón esperándonos para darnos la bienvenida.
Habíamos cumplido el objetivo de llegar con el barco a Ribeira sin ningún contratiempo a destacar.

En este tipo de navegaciones costeras, es muy importante elegir bien los días para realizar las travesías, haciéndolos coincidir con tiempo y vientos favorables. Es decir, con calmas o con vientos portantes que nos ayuden a realizar las singladuras.
En caso de coincidir con vientos de proa de mas de 20 nudos, yo personalmente prefiero esperar a que cambien las condiciones, siempre y cuando sea posible claro.

Gracias a Juan y Gorka por los inolvidables momentos. Fenomenales compañeros de viaje.

Arousa Náutica

 

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