MÁS DE 1.200 MILLAS costeando la península ibérica (la mayor parte de ellas en solitario).

UN MES EN VELERO A TRAVÉS DEL MAR MEDITERRÁNEO, EL MAR DE ALBORÁN Y EL GRAN ATLÁNTICO.

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

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Una apasionante experiencia.

Se trata de José Antonio, vecino de Ribeira, que descubre hace solamente un par de años su afición por este apasionante mundo de la vela, pero con una dilatada experiencia en largos viajes y polifacético trotamundos.

Aquí nos irá contando con todo detalle algunas de sus vivencias más destacadas. Un encuentro nocturno con un enorme banco de medusas que le haría parar el barco en medio de una oscura noche enfrente a las costas de Granada, el amarre en la bahía de Algeciras junto al mítico JOSHUA de Bernard Moitessier, paradas obligatorias por el motor del barco, encuentros poco afortunado pasando el Estrecho de Gibraltar, mares encalmados bordeando el sur de Portugal, otros muy embravecidos a la altura de Lisboa……….

Gracias por adelantado a José Antonio por compartir las vivencias de esta gran aventura de las que, sin duda, nosotros podremos disfrutar y aprender.

                                      “EL PRIMER PASO

 

En una ocasión un buen amigo me dijo “cuando emprendas un viaje debes desear que sea largo, impredecible y azaroso”.

Mi nombre es José Antonio Sobrado Silva, soy patrón de yate y me dispongo a llevar un velero de nueve metros y medio, el Azores, desde “el Masnou” en Barcelona hasta “Ribeira”,  en A Coruña, bordeando la península ibérica. El Azores es un dufour 31, un barco con fama de duro según lo que he leído pero en el que todavía no he navegado. Durante unos días me acompañará Carlos Ruano al que he conocido hace poco tiempo pero que me ha parecido una persona noble en esencia y humilde a la hora de afrontar el viaje, creo que nos entenderemos; luego continuaré en solitario y la batalla contra uno mismo tomará forma. En los siguientes capítulos trataré de plasmar de forma clara y amena el diario de un viaje que se me antoja incierto pero que afronto con ilusión, a sabiendas de que entre el mar y el hombre juegan un importante papel la tenacidad y la prudencia.  Sabiendo donde están mis límites sabré si soy digno de superarlos.

 

ETAPA 1:  MASNOU – PORT GINESTA (28/03/2015)

Cuando llevas unos días en puerto esperando a emprender una larga travesía surgen pequeñas dudas, aunque lo de pequeñas me sepa más bien a eufemismo si me paro a pensarlo. Equipar el barco, planificar la ruta para los primeros días, comprobar que todo se encuentre en unas condiciones de seguridad aceptables, y nos sumergimos en este mar previo de rutina marinera. Y entre compras y comprobaciones queda mucho tiempo para mirar alrededor, estamos en el Masnou, un pueblo de la comarca catalana de “el Maresme” que en principio parece un moderno emplazamiento urbano en el margen de la carretera de la costa y la vía férrea, bañado por el Mediterráneo al que se asoma a través de un puerto recreativo sembrado de establecimientos de compraventa de embarcaciones y locales de hostelería. Luego, el paso de los días y la vida en el puerto nos fuerzan a adentrarnos en sus estrechas calles, cargadas ya de historia a ojos de visitantes profanos como Carlos y yo. Aunque lo que nos roba la atención recurrentemente es el Marenostrum, ese mar azul que muchos habitantes de lo Atlántico suelen prejuzgar casi como un pantano donde la navegación es un juego de niños, pero que, en cambio, los que lo viven en su día a día a lo largo del año tachan de impredecible, de escondite de vientos locales, feudo de ola corta de rumbo incierto; yo me inclino a aprender de los que realmente saben más que de los que prejuzgan sin conocimiento. Después de todo Serrat le dedica una canción en la que habla de temporales, de un alma profunda y oscura y de velas desguazadas por el viento, pero también de su singular belleza y de los innumerables pueblos que a lo largo de la historia han dado forma a sus costas, y eso salta a la vista y me atrae.

Soltamos amarras el sábado 28 de marzo a las 16:30 horas en una tarde soleada y calurosa, y antes de salir del cobijo del espigón del puerto nos detenemos a repostar gasoil. Comienza el viaje, hay un ligero mar de fondo de en torno a un metro que cumple con lo que marcaba la predicción, así como el viento que sopla flojo en la proa, en torno a seis nudos, por lo que navegamos a motor a una velocidad de cinco nudos. Para nosotros es todo nuevo, desde la navegación en ruta lejos de la costa gallega hasta los paisajes. Al fondo se ve la ciudad de Barcelona y tomamos un rumbo 185º para pasar con suficiente resguardo de la zona de fondeo de los grandes mercantes que aguardan su entrada al puerto de la ciudad condal. A medida que nos acercamos a la capital catalana se distinguen sus formas con mayor nitidez, desde la Sagrada Familia hasta el Tibidabo en lo alto. Llama la atención el trasiego de aviones que sin cesar surcan el cielo como a cámara lenta buscando la pista del aeropuerto de el Prat, o saliendo de ésta hacia otros destinos. El día va transcurriendo en calma con unas condiciones estables e ideales para un primer día de travesía.

Sobre las 19:00h modificamos el rumbo más hacia el este e izamos la vela mayor por aquello de estabilizar un poco la navegación y ayudar al motor que continúa en marcha. Aunque para nuestro asombro no será así por mucho tiempo ya que a eso de las 20:30h y en medio de una preciosa noche estrellada el motor se para, frente a la gran playa de Castelldefels, y no solo eso sino que la electrónica se cae y todo parece torcerse de repente, pero hay que seguir adelante buscando un viento mejor que nos empuje.

El mar de fondo es suave, así como el viento y apenas nos movemos del sitio, arrancamos el motor pero en cuanto subimos de mil revoluciones éste se para. Decidimos entonces continuar con el motor a mil vueltas y una velocidad mínima hasta el puerto de port Ginesta, que se encuentra en el extremo sur de la playa, guiados únicamente por las luces de tierra y navegando “a la carta”. Al doblar el espigón de estribor del puerto respiramos aliviados y llevamos el barco hasta el pantalán de espera, donde permanecemos poco tiempo hasta que un marinero del puerto nos asigna una plaza más al interior de la dársena. Una vez en el atraque definitivo y tras la tensión acumulada de las últimas horas de navegación decidimos aparcar la avería para el día siguiente y nos vamos a cenar y tomar unas cervezas a un local de la zona portuaria, llevamos una jornada de ruta y el Masnou queda ya demasiado lejos. El siguiente punto a superar no es un accidente geográfico ni un Mistral enfurecido sino la incógnita que se cierne sobre el propio barco.

RUIDOS DE PONIENTE

ETAPA 2: PORT GINESTA – TARRAGONA (29/03/15) (30/03/15)

“¿Qué es un contratiempo?. Un punto de inflexión, un pequeño “alto” en un gran camino…. y mañana habrá otro horizonte por delante”

29/03/15

Amanece en port ginesta con unas condiciones excelentes para la navegación, pero hoy el azores permanecerá en puerto mientras buscamos una cura a su enfermedad. Tras un día de travesía la incertidumbre no debe doblegarnos.

Me paso todo el día sumergido en gasoil y aceite, el motor arranca en ocasiones pero se queda, el sonido parece bueno y no hay ninguna fuga; los síntomas son de falta de gasoil para la combustión. Con la ayuda de mi compañero desmontamos la tapa del deposito para comprobar el circuito del combustible de principio a fin, tubos, filtros, incluso inyectores, pero la suerte no está de nuestro lado y mis ilusiones se encuentran en estado de espera. Llamo a mi padre, que es mecánico marino, para pedirle consejo con la incidencia y me recomienda insistir en el circuito, desmontar filtro y limpiarlo, aunque desde la distancia le resulta complicado ser de más ayuda. Nos paramos a comer mientras seguimos dándole vueltas al posible motivo de la avería, y es entonces cuando conocemos a Fredy, el patrón del velero que se encuentra a nuestro lado, hablamos con él del tema y nos propone una posible causa para el entuerto, y es que la experiencia de otros puede enriquecer la propia. Al parecer existe una bacteria que afecta al combustible generando una especie de “moquillo” que puede obstruir los conductos del gasoil, pero aun con esta información no conseguimos solucionar el problema mientras cae la noche en el puerto. Decido hablar con un mecánico a la mañana siguiente (lunes). Con una ligera frustración nos vamos a cenar tratando de olvidarnos del problema por un momento.

30/03/15

Esta mañana cuando ya había amanecido, cosa que sucede muy temprano en el levante peninsular, me encontraba en el camarote dándole vueltas al problema del motor, el sueño se había esfumado pero era demasiado pronto para que algún taller estuviese abierto. Fue en ese momento cuando el silencio que invadía la mañana se convirtió, casi repentinamente, en un ruído atronador y la quietud del azores se transformó en un movimiento brusco y continuo que parecía querer sacarlo de su atraque. Salí del barco con Carlos y pudimos comprobar como un viento cálido procedente de tierra había roto la inocencia de aquella mañana de una forma atronadora. Aseguramos en cubierta todo lo que corriese riesgo de romper o salir despedido, y reforzamos las amarras del barco, nuestro vecino fredy se dispuso a hacer lo mismo, aunque a él no parecía sorprenderle aquella situación. Encendimos el equipo de viento y comprobamos que las rachas llegaban a superar los cuarenta nudos en el puerto.

Poco a poco el viento se fue calmando hasta hacerlo casi por completo, y con la calma Fredy nos explicó que aquella situación no había sido más que un ejemplo de ese Mediterráneo impredecible, envenenado por un mistral enfurecido. Así mismo nos advirtió de que aquella situación podría repetirse a lo largo del día en esa franja de costa que va desde el delta del Ebro hasta Barcelona, luego los partes meteorológicos nos confirmaron aquella advertencia.

Antes de que el viento se tranquilizase yo había ido ya un par de veces a la zona de talleres y establecimientos náuticos del puerto aguardando a un mecánico que al parecer trabajaba bien en aquellos motores sin excederse en el precio. Yo tenía la esperanza de que no fuese nada grave, simplemente algo que habíamos pasado por alto o en lo que no nos habíamos parado lo suficiente. El mecánico pasó por el Azores a las 12:00h, y tras informarle de lo que nosotros habíamos estado haciendo el día anterior se fue a tiro fijo a un tornillo de salida del prefiltro de combustible, el cual tiene un orificio muy pequeño y se obstruye con facilidad, y así era, tenía un pequeño residuo que una vez retirado dejó libre el paso de gasoil y el motor volvió a funcionar con normalidad. Un día y medio de preocupación y ni media hora para repararlo, parece mentira que algo tan insignificante pueda dar tanto la lata.

Inmediatamente después de la reparación preparamos el barco para partir, para continuar con aquel viaje que había sufrido su primer contratiempo, pero lo hicimos con un optimismo renovado. Analizamos de nuevo la predicción meteorológica, y ante el riesgo de vientos fuertes de tierra como el que había azotado el puerto el día anterior, salimos con un rizo en la mayor y el motor a 1500 revoluciones, en aquel momento reinaba la calma.

Nos dispusimos a comer en la bañera, navegando con piloto automático y con una temperatura agradable, mar en calma y casi sin viento. A estribor se distinguía una costa rocosa casi brillante, la Costa Dorada. Sitges, Vilanova i la Geltrú, y sus playas, zonas urbanas que visten a ese Mediterráneo turístico que en verano se masifica.

Nos recreamos en la costa y charlamos tranquilamente mientras comemos, nos relajamos y desdeñamos el horizonte en la proa. Entonces una imagen sorprendentemente clara nos saca de aquella paz efímera; el mar se vuelve blanca a tan solo unos metros de nosotros y en nuestro rumbo, en el equipo de viento se dibuja un cuarenta donde antes había ocho nudos, y la realidad cambia sin tiempo a digerirla, pero hay que actuar y seguir adelante. Tomar más rizos se vuelve tan imprescindible como arriesgado en aquellas condiciones; el barco salta, escora, lucha y nos mantiene a flote. Me coloco el arnés y salgo a cubierta a reducir el trapo mientras Carlos gobierna el barco con destreza. El sonido ensordecedor del viento y el mar nos recuerdan que no hay zona de confort en aquel velero en medio del mar.

Tras tres horas de tensa navegación la situación comienza a calmarse, nos acercamos al puerto de Tarragona mientras el sol se va ocultando y es entonces cuando el cielo nos ofrece su mayor recompensa, un color rojo intenso que lo ilumina todo y la forma de unas nubes que transmiten más paz de la que antes nos había sido arrebatada. Y así nos adentramos en la dársena tarraconense buscando el descanso para esta noche tras un día duro en el que el Mediterráneo se ha ganado nuestro respeto y también nuestro asombro.

ASOMÁNDONOS AL GRAN DELTA”

 ETAPA 3: Tarragona – L’ametlla de mar ( 31/03/15)

En el puerto de Tarragona la mañana era agradable, soleada y con una brisa suave, pero la previsión meteorológica nos advertía de vientos del oeste de treinta nudos en el golfo de San Jordi y el delta del Ebro. Alrededor de las 11:00h salimos del amarre en el que hemos pasado la noche y tras repostar combustible rebasamos el espigón del puerto para poner un rumbo SW que nos ponía proa al norte del delta del Ebro, pasando a una milla del cap de Salou. La mañana era tranquila, con el viento y el mar en calma, y navegábamos a motor, aunque prevenidos por las advertencias de los navegantes de la zona, por la previsión y también por la experiencia de la jornada anterior; llevábamos la vela mayor con un rizo tomado. Navegamos hasta el cap de Salou charlando relajadamente y observando la costa de Tarragona, a medida que nos acercábamos notábamos algún amago de aumento en la intensidad del viento, amagos que se fueron materializando en un viento sostenido de 20 nudos al pasar el saliente rocoso. Aquella situación nos permitió navegar solo a vela y ciñendo al viento a una velocidad de seis nudos durante mas de una hora, tiempo en el que el Azores respondía a la perfección haciendo que nosotros nos divirtiésemos; y a partir de ahí el viento comenzó a arreciar con rachas que alcanzaban de nuevo los cuarenta nudos, nos dispusimos a ganar el abrigo de la costa retirando con dificultad el génova. El viento soplaba fuerte del W-SW generando un mar de ola corta en constante rompiente que nos hacia navegar continuamente entre saltos y rociones. Decidimos poner un rumbo directo a L’ametlla de mar que era el puerto que consideramos mas seguro al norte del delta del Ebro y navegamos acercándonos todo lo posible a la costa para buscar su abrigo, ya que cuanto mas afuera mas aumentaba el tamaño de la ola y la fuerza del viento. Durante unas horas resulto eficaz la navegación cerca de la costa montañosa que nos acompañaba, pero progresivamente nos acercábamos a una gran depresión orográfica, que es la que genera el Ebro en su desembocadura, un gran valle por el que el viento corre hasta alcanzar el Mediterráneo y al cual comenzábamos a asomarnos. Las últimas horas de navegación resultaron duras con el viento y la olas azotándonos por la proa, avanzábamos lentamente a motor en una mojadura constante, y la situación no cambió hasta la entrada misma del puerto, donde el propio pueblo hacía ya de abrigo. Habíamos llegado a L’ametlla de Mar, un bonito pueblo marinero por el cual seguramente tengamos tiempo de callejear ya que la previsión en el delta es de vientos muy fuertes para uno o dos días más y navegar en aquellas condiciones en una zona nueva para nosotros, donde desemboca el mayor caudal de agua de la península ibérica podría resultar temerario. Pero ya veremos como va evolucionando la “méteo” en las próximas horas, por ahora voy a subir al palo a ver que idea “de fortuna” se me ocurre para sustituir la tulipa de las luces de navegación, que ha salido volando en algún momento de la tarde entre meneo y meneo.

“SOBRESALTO EN EL MERIDIANO CERO

Etapa- 4  (l’ametlla de Mar – Valencia)  02/04/2015

Lo que había comenzado como el traslado de un barco de Catalunya a Galicia se ha transformado ya en algo más que eso, en una especie de viaje iniciático para dos navegantes con una tenue experiencia que poco a poco se van conociendo, y a los que este mar les ha dado ya alguna muestra de la fuerza que esconde.

Hemos pasado un día de descanso en L’ametlla de Mar, realizando algunas pequeñas reparaciones y disfrutando del sol mediterráneo cobijados en su marina.  Hemos paseado por las calles de este pueblo del sur de la provincia de Tarragona  conectado con el mar, al que se asoma a través de un puerto pesquero y deportivo que flanquea toda la costa de su área urbana. Es un pueblo turístico y marinero de gente cercana y ambiente relajado.

El día de descanso ha sido forzado debido al fuerte viento de poniente que soplaba en toda la zona del delta del Ebro, y que según nos comentaban los navegantes de la zona podría resultar peligroso al tratarse de una zona de poco calado cerca de la costa y donde el mar se enfurecía  mar adentro movido por el aire que circulaba a gran velocidad desde el interior de la península a través del valle del Ebro, ciñéndose a la orografía terrestre hasta encontrarse con el Mediterráneo una vez liberado de ésta. Hicimos un meticuloso seguimiento de la predicción meteorológica para las siguientes horas y todo parecía indicar que el viento se calmaría durante la siguiente madrugada, así que decidimos salir temprano con la intención de llegar a Valencia en una travesía de más de cien millas.

Ya llevábamos tres jornadas de ruta desde el Masnou, navegando sin una cartografía electrónica fiable, haciéndolo al estilo clásico de carta y compás. En la capital valenciana nos esperaba Miguel, un amigo gallego que vive en esta ciudad y al cual se le había enviado la nueva cartografía que nos permitiría navegar de una manera más cómoda y segura.

El jueves 2 de abril soltamos amarras en L’ametlla a las siete de la mañana, al alba de una mañana fría y despejada. Una vez que dejamos atrás la bocana del puerto pusimos rumbo sureste proa al cabo Tortosa. El mar estaba tranquilo y el viento soplaba a ocho nudos  casi en la popa, lo que nos permitió desplegar las  velas  mayor y  génova a orejas de burro para navegar, sin motor, a una velocidad de cinco nudos. En ese tramo de travesía pudimos disfrutar de nuestro primer amanecer mediterráneo. La verdad es que resulta hermoso y chocante para nosotros, gente del poniente, ver como el astro rey se eleva en el horizonte como salido del mar dejando una estampa teñida de rojo que recuerda a los anocheceres atlánticos. Navegamos así hasta mediodía, cómodamente y disfrutando del paisaje costero del delta. A las 13:30 horas doblamos el cabo de Tortosa por el este y modificamos el rumbo al suroeste; para entonces, el viento había rolado hasta situarse en nuestra proa, por lo que decidimos navegar a motor sólo con la vela mayor. En la costa no podía apreciarse con nitidez la desembocadura del mayor río de la península ibérica, debido a su perfil plano y a las penínsulas arenosas e islas que dominan la zona.

A las 15:00h dejábamos atrás la punta de la baña y el gran delta, despidiéndonos también de Catalunya, y al fondo se podían distinguir las localidades de Vinaroz y Peñíscola. La situación del mar cambia a marejadilla y el viento aumenta a 15 nudos pero se mantiene en proa. El parte de salvamento marítimo nos habla de que estas condiciones se mantendrán estables durante las próximas 24 horas y decidimos poner rumbo directo a Valencia, aunque nuestro destino se encuentra todavía lejos. Realizamos una navegación plácida con piloto automático. Decido echar al agua el curricán para tratar de pescar algo, la verdad es que se ven saltar peces en el agua y mi esperanza por meter a bordo alguna captura me mantiene ilusionado. Por estribor vamos viendo pasar la costa de la provincia de Castellón, muy edificada, aunque más allá de la línea de mar las montañas se alzan imponentes. En el curricán no pica nada en toda la tarde, menos mal que no dependemos de la pesca para alimentarnos porque menudos pescadores.

El sol va desapareciendo tras las montañas de tierra y encendemos las luces de navegación. La hora prevista de llegada a Valencia son las cinco y media de la madrugada manteniendo rumbo y velocidad, y al caer la noche establecemos turnos de guardia de cuatro horas. Carlos se va a descansar a las nueve y me quedo solo en cubierta, bueno, no exactamente solo, el frío, la luna, las estrellas, el oleaje y las luces de la costa relativizan el concepto “soledad”.

A la una de la madrugada nos encontramos navegando sobre la longitud 0. Estamos en el meridiano de Grenwich,  es en ese momento cuando se incorpora Carlos y yo me dispongo a bajar a la cabina para tomarme mi descanso, tras el cual deberíamos estar ya en nuestro destino. La jornada había sido cómoda y sin sobresaltos hasta el momento, pero al bajar al interior observo estupefacto como el agua asoma en el suelo; levanto una plancha de madera para acceder a la sentina y está completamente inundada, pruebo el agua y es agua salada; ¡una vía de agua!??????  Rápidamente acciono la bomba de achique y la sentina se vacía. Me apresuro a comprobar los grifos de fondo y el problema no viene de ahí. Al apagar la bomba el barco vuelve a llenarse de agua en poco tiempo. Puedo comprobar que el agua entra por la propia bomba que por algún motivo no la retiene en el circuito. Vuelvo a vaciar la sentina y corto el tubo de salida para taponar la vía con un espiche y tras esta operación no vuelve a entrar agua. Con el problema solucionado momentáneamente me echo en la conejera a descansar un rato. Ni el sonido del motor a mi lado, ni la preocupación por el problema de la bomba evitan que concilie el sueño, estaba agotado.

A las cinco de la madrugada suena el despertador, tengo la sensación de estar en un limbo entre sueño y realidad, subo a la bañera y veo el puerto de Valencia en la proa del barco. Entonces me dirijo a la cubierta para recoger la vela y preparar la maniobra de aproximación y atraque.  Avisamos por radio a la marina Juan Carlos I y tras recalar en un pantalán de espera y realizar el registro nos vamos al atraque asignado y nos echamos a dormir unas horas. El día siguiente lo pasaremos en Valencia, hemos quedado con Miguel que ya ha recibido la cartografía electrónica, y también con Bruno y Merche, dos amigos de Valencia. Además tendremos que solucionar el problema de la bomba de achique.

“¿Qué es un contratiempo? Un punto de inflexión, un pequeño “alto” en un gran camino… y mañana habrá otro horizonte por delante”

“AL CALOR DEL LEVANTE”

3/4/15 – 4/4/15 – 5/4/15

Estancia en Valencia y día 5 de navegación (Valencia – Altea)

3 de Abril de 2015, Valencia: Son las once de la mañana cuando nos levantamos y el día parece agradable, es viernes de semana Santa y se ve mucha gente paseando por la zona donde se ubica la marina. Me paso un rato “metido en la sentina” hasta identificar el problema de la bomba, parece ser que le falta algún tipo de válvula en la conducción que comunica con el grifo de fondo y que debería evitar el retorno de agua desde el exterior. Aunque el problema no parece grave decidimos comprar una nueva bomba para sustituir la antigua que se quedaría como elemento “de respeto”. Este contratiempo nos hará permanecer en la ciudad un día más de lo previsto ya que al ser festivo las tiendas se encuentran cerradas y no podremos realizar la compra.

Quedamos para comer con Bruno y Merche, y a mediodía también vendrá Miguel que nos traerá la cartografía electrónica, y ese es un gran motivo de alegría ya que con ella podremos realizar una navegación mucho más cómoda y segura, sobre todo en condiciones de visibilidad reducida. Nos reunimos los cinco en el puerto, nos quedamos allí un rato charlando y luego nos vamos a tomar algo; ver amigos en tierra resulta muy reconfortante y te hace tomar otra perspectiva del propio viaje, sobre todo si se trata de buena gente, de personas que se alegran de vernos también a nosotros. El problema de a bordo se diluye hasta el día siguiente entre risas y charla, y una agradable comida “a la Malvarrosa”, y de este modo se nos esfuma la tarde.

4 de Abril de 2015, Valencia: Me despierto en el camarote, mecido suavemente por un ligero movimiento del barco, sin prisas, abro la escotilla y puedo observar los palos de decenas de veleros que ocupan las plazas de aquella marina y al fondo una gran noria que acerca al mar a la ciudad que se alza tras ella. Tras tomarme un café con Carlos y charlar un rato, algo a lo que ya me estoy habituando de una forma casi inconsciente, me decido a salir en busca de una tienda de náutica para conseguir una bomba de achique. Me adentro en el ensanche de la ciudad alternando entre grandes avenidas y barrios obreros donde se puede experimentar esa sensación de diversidad que emana de las grandes ciudades, donde confluyen razas y culturas viviendo su propio presente al margen de extraños y absurdos prejuicios. La mayoría de los comercios se encuentran cerrados y me resulta difícil encontrar lo que busco. Bruno y Merche me ofrecen amablemente su ayuda pero finalmente encuentro una bomba en una tienda del propio puerto, además esta es automática y en caso de vía de agua se activaría sin necesidad de accionarla manualmente. Entre la instalación de la bomba y otras tareas rutinarias de mantenimiento se pasan las horas y decidimos salir el domingo temprano, con la mente puesta en Alicante.

Al comprobar la predicción meteorológica para los próximos días vemos que para domingo es buena, pero que la cosa podría empezar a cambiar en los siguientes días debido a la presencia de una borrasca bastante profunda que traerá fuertes vientos y una mar difícilmente asumible. Parece ser que entrará para quedarse unos días, por lo tanto es posible que mañana sea el último día de navegación con Carlos, posiblemente el lunes no sea posible ya navegar y tendré que quedarme amarrado unos días en algún puerto. Quedan muchas millas por delante, un mundo de incertidumbre, y ahí reside en parte el espíritu de aventura, en afrontar lo incierto. Pero hay que seguir día a día ya que mañana no deja de ser una página en blanco. Sé que quedarme solo será el comienzo de otra etapa interesante, yo conmigo y contra mí. Del mismo modo que es inevitable echar a veces la vista atrás sintiendo cierta nostalgia resulta imprescindible desgranar el día a día, ilusionándome y luchando para que lo que está por venir resulte constructivo y me permita seguir aprendiendo. El mar, como el camino, son un espejo de la vida.

5 de Abril de 2015, Valencia – Altea: A las 08:30 de este Domingo soleado soltamos amarras en Valencia y tras rebasar la bocana de su puerto ponemos un rumbo sureste que nos llevará a pasar a tres millas al este del cabo San Antonio. El viento es casi cero y navegamos a motor observando desde el mar en calma la ciudad que hemos abandonado y su periferia, así como algunos grandes mercantes fondeados en aquellas aguas compartidas con otras pequeñas embarcaciones que salen a pasar la jornada de domingo pescando.

La mañana se va pasando en una gran línea recta sobre el mar, tal vez sea la calma que precede a la tempestad, o tal vez simplemente nos estamos acostumbrando a aquella vida donde se disfruta relajadamente y se lucha con firmeza. A las 14:00h atravesamos de nuevo el meridiano de Grenwich a la altura de Cullera. El viento comienza a soplar en la proa, y al fondo se divisan Denia y el cabo San Antonio. Estamos cerca del punto de la península más cercano a Ibiza, y puede observarse algún Ferry que realiza la ruta entre las Pitiusas y Denia, y a babor el trasiego de los mercantes que utilizan el dispositivo de separación de tráfico marítimo del Cabo de la Nao.

En la emisora emiten el parte meteorológico, esa voz de mujer informatizada, pero ya familiar, que es como un ángel de la guarda que nos advierte de un aviso de temporal para los siguientes días entre el mar de Alborán y el delta del Ebro. Navegar costeando “la Nao” es como ver un mapa a gran escala de la península ibérica e imaginarse ese gran saliente que domina las aguas de la comunidad Valenciana. El terreno es montañoso en tierra y sorprende ver como las modernas líneas de chalets en lo alto rompen con la imagen de una costa abrupta, es como si robasen parte de su “personalidad” a aquel hermoso accidente geográfico. La noche comenzaba a echarse encima mientras el cielo se iba nublando y decidimos buscar un atraque en alguno de los siguientes pueblos costeros, entre Calpe y Benidorm, y dejar así el último tramo hasta Alicante para el día siguiente. Tras consultar el derrotero tomamos la decisión de hacer noche en Altea. En aquel tramo resultan sorprendentes el faro de la punta de Morayra y sobre todo la punta de Ifach, tras la que se esconde la población de Calpe. Pasamos a unos metros de esta mole de piedra que forma una península abrupta muy cerca de las luces de Calpe y sus grandes edificios. Luego, tras bordear un par de zonas de acuicultura balizadas por boya con luz amarilla pusimos proa a la entrada del puerto de Altea, que se mostraba como un lugar tranquilo a la espera del bullicioso verano.

“EL MEDITERRÁNEO SE ENDURECE”

6/4/15

Día 6 de navegación (Atea – Alicante)

La noche en Altea fue de amago de despedida, de inquietud por lo que parecía que sería el primer gran temporal de levante en nuestra travesía, y de un pensamiento, las 25 millas que nos separaban de Alicante. Nos planteamos parar allí por unos días hasta que pasase la borrasca y de allí Carlos emprendería su viaje por tierra a Galicia, revisamos una y otra vez la previsión, nos lo pensamos seriamente, y por la mañana decidimos salir a la mar.

Por la mañana volvimos a observar la predicción y parecía que lo más duro empezaría a partir de mediodía. En la dársena el viento soplaba a 15 – 20 nudos, y preparamos el barco para las 25 millas que nos separaban de Alicante. Nos detuvimos a repostar combustible en la gasolinera del puerto y desde allí pusimos proa a la bocana. En el interior de la dársena navegábamos al abrigo, pero fuera del espigón ya se veía un mar agitado y una embarcación de pesca que volvía a puerto navegaba con dificultad en medio de unas olas que lo zarandeaban como reclamándolo para sí. Nosotros rebasamos el espigón y pusimos rumbo sureste para pasar la punta del Albir, el mar de fondo del nordeste y el viento del este todavía nos permitían navegar con relativa comodidad en las aguas de la bahía de Altea.

A medida que nos adentrábamos en mar abierto el mar de fondo comenzaba a aumentar de forma considerable y a ese rumbo lo teníamos completamente en el través, pero deberíamos aguantar así hasta situarnos en una zona donde tuviésemos un rumbo seguro al este de la punta de la Escaleta y de la isla de Benidorm, lo que nos permitiría correr el mar en popa con el viento casi en el través. Fuimos aguantando atentos al mar, y cuando alguna ola resultaba excesiva la enfrentábamos para capearla con seguridad. Cuando consideramos que ya habíamos alcanzado suficiente barlovento y una buena situación para poner rumbo al Cabo de las Huertas, la que nos separaba de la bahía de Alicante, nos dispusimos a desplegar las velas, pero para ello nos esperaba una complicada maniobra de poner proa al fuerte levante casi atravesados a un mar duro y caótico, donde las olas no mantenían un orden ni un tamaño estable. Me dispuse a izar la vela mayor con rapidez, y me percaté de la seguridad que proporciona la bañera del barco al salir de ella en aquellas condiciones. Caminar por cubierta con esas escoras resultaba frenético, el arnés era un anclaje al barco y a la vida. Preparé la maniobra en cubierta y regresé a la bañera para subir la vela, pero hasta en las peores condiciones puede aparecer una prueba mayor, la driza de la mayor se había enredado en la luz de fondeo del palo. Tratamos de maniobrar para recuperarla pero se había hecho demasiado firme. El ruido ensordecedor del mar y el viento apenas nos dejaban comunicarnos, pero había que hacer algo, la vela necesitaba tensión para dejar de flamear fuertemente al viento y en cualquier momento una rotura podría agravar la situación. Me dispuse a subir al palo, Carlos negaba con la cabeza mientras se aferraba a la rueda del timón para mantener el barco a rumbo, si yo subía el tendría que emplearse al máximo para garantizar mi seguridad, yo confiaba en él, aquel tipo grande y aguerrido había sido el timonel perfecto del barco desde el Masnou y la prueba definitiva le esperaba en las que serían sus últimas horas a bordo. Nos pusimos con el mar por la aleta y subí al palo, aferrándome a éste como a la vida, cambiando el mosquetón de mi arnés en cada peldaño; se dice que una emoción fuerte hace pequeñas todas las anteriores, que el instinto de supervivencia agudiza el ingenio y la destreza, yo sólo me subí a aquel palo, a medio palo, donde se encontraba el problema. El barco enterraba su proa en el agua y ésta la expulsaba con rabia. El movimiento desde allí arriba resultaba aterrador y sublime a un tiempo. Las vistas sobre aquel mar embravecido disparaban mi adrenalina, pero no podía permanecer allí más tiempo, desenredé el cabo y bajé para darle tensión a la vela, luego desplegamos la Génova y el barco navegaba a un descuartelar con 25 – 30 nudos de viento y corriendo un oleaje que nos lanzaba al rumbo marcado, la operación había salido bien y pudimos respirar tranquilos durante un tiempo.

Pasamos la isla de Benidorm atentos a sus bajos. En tierra se alzaba una ciudad de grandes edificios símbolo de un Mediterráneo idílico que a nosotros se nos ocultaba esa mañana tras la fuerza de aquel levante primaveral. Realizábamos mediciones cada poco tiempo con el compás de demoras y por momentos parecía muy justo el rumbo que llevábamos para pasar el cabo de las huertas sin riesgo de acabar en sus bajos, sólo tenía que aumentar un poco la intensidad del viento para que el abatimiento resultase excesivo.

Al poco tiempo de pasar a la altura de Villajoyosa pudimos observar un tronco a la deriva en el mar, modificamos levemente el rumbo para evitar la colisión e informamos a salvamento marítimo que lanzó un aviso por radio. En aquel momento la intensidad del viento ya había aumentado, las rachas llegaban a los 35 nudos y el mar se había vuelto más agresivo, con olas rompientes que no dejaban de empaparnos por completo. Esa situación se agravaba en las inmediaciones del cabo de las Huertas debido a la pérdida de profundidad. Debíamos de modificar el rumbo y ganar barlovento hasta poder navegar directos a Alicante. Para ello deberíamos reducir trapo y de esta forma poder atravesarnos completamente al viento. Comencé a recoger la génova, mientras lo hacía el cabo del enrollador se atascó en su base en la proa. El barco ponía esa proa al cielo por momentos y yo debía salir de nuevo a cubierta a solucionar el problema. Fui arrastrándome con el arnés anclado a la línea de vida hasta llegar al enrollador y hubo una imagen que jamás olvidaré, ver a Carlos al timón casi en mi vertical mientras el barco parecía estar escalando aquella ola perdida. Son imágenes que se quedan en la retina. En cuanto liberé el cabo del enrollador volví a la bañera y seguimos navegando. En aquella jornada sólo debíamos cubrir 25 millas pero el desgaste estaba siendo tremendo. Continuamos navegando para ganar barlovento e incluso decidimos cerrar más la proa al viento para salir lo antes posible de aquella situación. Había rachas por encima de los 40 nudos. En cuanto pudimos divisar el puerto de Alicante volvimos a correr el temporal “surfeando” las olas hasta el mismo puerto desde donde observamos el espigón de levante y pudimos ver a lo lejos el mar pasando por encima. A estribor el agua adquiría un tono muy claro debido a la pérdida de fondo en la zona de playa de San Juan. Mantuvimos el rumbo hacia la entrada de la dársena, y hasta que nos encontramos dentro, el mar no nos dio ni un segundo de respiro. Carlos terminaba su viaje. A mí me esperaban unos días al abrigo en aquella ciudad, y a la espera de que el temporal amainase y me permitiese seguir con la travesía, a partir de ahora en solitario.

“COMIENZA OTRO VIAJE”

Alicante

Días 7 y 8. Navegación de Alicante a Cartagena

Martes 7 de Abril de 2015

El aire fresco que entra en la cabina por la escotilla abierta, el balanceo incesante, el sonido de las amarras batiéndose con el mar y la visión a través del portillo de decenas de palos bailando al son del levante; todo ello hace que me despierte del sueño en que me había sumido. Son las cinco de la tarde y es mi tercer día en Alicante.

Esta mañana he salido a dar un paseo por la ciudad y he subido hasta el castillo de Santa Bárbara que se eleva sobre una montaña, la cual parece anclada en otros tiempos en medio de un área muy urbanizada. Desde lo alto las vistas son espectaculares sobre la ciudad, pero sobre todo sobre el Mediterráneo y su mar embravecido. El viento sopla con intensidad y el agua, a lo lejos, rompe con aspecto indomable contra el espigón de levante del puerto, sobrepasando su dique, como reclamando lo que le pertenece y recordándome de paso por que me encuentro amarrado en este lugar. Ya desde antes del inicio del viaje había ido recopilando información en la que se advertía de unas aguas impredecibles y caprichosas. Analizo meticulosamente toda la información posible acerca de “la méteo” para los próximos días, y consulto a los navegantes de la zona. Tengo la sensación de que nada de eso es suficiente, de que este mar no se limita a los pronósticos, de que detrás de cada cabo se puede esconder una sorpresa y eso hace que este mar se haya ganado mi respeto, pero también lo hace fascinante y misterioso. A partir de ahora tendré que vérmelas a solas con él, en un barco que poco a poco me va demostrando que sabe navegar y que me ofrece cobijo en el mar y en puerto.

Parece ser que hasta el fin de semana no comenzará a calmar el temporal y tendré que seguir aquí. Trataré de aprovechar el tiempo leyendo y planificando mi viaje. Los cabos de Palos y de Gata son enclaves conocidos por su belleza y por su historia, pero también por la naturaleza “inquieta” de sus aguas. Para mí comienza otra aventura, la persona que me había acompañado desde el Masnou ha terminado su viaje. Carlos, un tipo al que había conocido solo unos días antes de hacer la maleta y con el que me he sentido a gusto compartiendo situaciones de esas en las que se establece un vínculo especial, entre olas rompiendo sobre la cubierta del azores y vientos que nos obligaban a emplearnos a fondo cuando se confunde el objetivo de llegar con el de sobrevivir. Pero también charlando de lo que nos hace grandes y de lo que nos convierte en vulnerables. Comiendo en la bañera cuando este mar nos ha mostrado su mejor cara y tomándonos unas cervezas que sabían a victoria tras un día duro, confiando cada uno de nosotros en el buen hacer del otro para poder descansar durante alguna guardia nocturna entre el movimiento de un mar agitado.

Carlos se ha marchado ayer a las siete de la mañana para coger un tren con destino a Galicia. Y a mí, Galicia se me antoja todavía muy lejana.

 

La siguiente travesía será la primera en solitario, y en cuanto a capacidad de autosuficiencia he ido de menos a más, superándome poco a poco y tratando de actuar con prudencia.

En Alicante resonaba aún un fuerte mar de fondo de levante mezclado con un mar de viento duro pero asumible; algunos decidían permanecer algún día más en puerto pero yo, en vista de que según la previsión el tiempo iría mejorando poco a poco, he decidido zarpar. A las 14:00h del sábado y después de repostar, crucé la bocana del puerto alicantino buscando con la proa la punta más al este de la isla de Tabarca y sus bajos, pasar por dentro sería demasiado arriesgado en esas condiciones. Durante tres horas tuve que ir afrontando un oleaje que me cogía casi por el través, y cuando alguna ola resultaba excesiva me amuraba a ella para evitar una escora demasiado pronunciada. Esa parte de la travesía hasta doblar Tabarca fue agotadora y para relajar un poco la navegación decidí sustituir el rumbo directo a palos que había planificado por otro más hacia el interior de la bahía, proa a Torrevieja. Así me puse a correr el oleaje con el viento por la aleta y pude activar el piloto automático que gobernaba el barco de maravilla. Bajé a la cabina a anotar mi situación y luego desplegué la vela mayor con un rizo y parte del Génova. El barco navegaba estupendamente y a pesar de recibir algunas olas grandes por popa el agua no llegaba a alcanzar la bañera, navegando a una velocidad de 6 a 7 nudos. Poco a poco el mar y el viento fueron amainando tal como se preveía y volví a poner rumbo a Palos. Estaba anocheciendo y en ese momento navegaba con toda la vela movido sólo por el viento y sin más sonido que el de la mar sobre la que me desplazaba suavemente.

A medida que avanzaba la noche el cielo se iba cubriendo de nubes y a proa se divisaba la luz del faro de Palos y la de las Islas Hormigas. A estribor se podían ver también las luces de la manga del Mar Menor. El mar comenzaba a encresparse de nuevo y ante la posibilidad de tener que afrontar un cabo temido como el de Palos en la noche, con mala mar y con el cansancio acumulado de muchas horas de navegación, decidí poner rumbo al canal del Estacio, que da entrada al Mar Menor, para fondear en sus inmediaciones y descansar unas horas. En ese tramo la profundidad se reducía notablemente y se formaba una ola que me hacía mantener en todo momento alerta. A babor y muy cerca de mi derrota se alzaba la isla de Grosa como una gran mole oscura en la noche que imprimía mucho respeto. En cuanto alcancé las luces de entrada al canal me dispuse a rebasarlo para ponerme al cobijo del dique de abrigo y busqué una zona tranquila para fondear. Llegué a una zona acotada por la estructura metálica de un proyecto abandonado de puerto deportivo y en un fondo de tres metros eché el ancla. Activé una alarma de deriva en el plotter y tras comprobar durante un rato que no garreaba me acosté a descansar con un ojo medio abierto atento al fondeo.

Después de dormir a ratos y durante cuatro horas, me levanté con la primera luz del día, salí a cubierta y ví lo que hacía unas horas se me mostraba incierto en la oscuridad de la noche; pude observar desde allí el cabo de Palos, que debería pasar esa mañana. Me preparé un café, y mientras lo tomaba observaba las pequeñas embarcaciones saliendo del Mar Menor hacia las inmediaciones de la isla de Grosa para pescar.

Tras levar el ancla me puse en marcha con rumbo a las Islas Hormigas. El viento soplaba a 10 nudos por el través, lo que me animó a izar las velas. Al ir abandonando la bahía y alcanzar profundidad, la mar se tranquilizó y me permitió alcanzar el este de las Islas con comodidad. Estaba doblando palos, y ante mí se abría una accidentada costa que resultaba chocante con el color azul claro del mar. El paisaje era espectacular.

Al doblar el cabo, el cambio de rumbo me permitió navegar con el viento en popa y toda la vela, sin apenas mar de fondo, mientras pasaba a 5 millas del cabo Negrete que se alzaba imponente a mi estribor.

A medida que iban pasando las horas el cielo comenzaba a encapotarse y el viento rolaba por momentos al este-sureste. El mar cambió de color hasta alcanzar el gris metálico. Mi intención era arribar al puerto de Garrucha, en la provincia de Almería, lo que supondría navegar todavía muchas horas alejándome de la costa en un mar de casi 2000 metros bajo mi quilla para llegar de madrugada a puerto. En la radio informaban de la entrada de un temporal para la mañana siguiente desde Alborán y la inquietante sensación que me invadía al ver las nubes que se aproximaban, el color del cielo, el mar de fondo en aumento, y las ya notables rachas de viento, me hicieron mirar a estribor y ver a lo lejos la entrada al puerto de Cartagena. Cambié el rumbo y me dirigí a esta ciudad, desde la que estoy escribiendo cobijado en su puerto. Me convencí de que la intuición es la manera más directa de conectar con la naturaleza, ya que el temporal finalmente entró con fuerza esa tarde – noche, y me hubiese sorprendido entre el cabo de Palos y el cabo de Gata, a muchas millas de la costa y de cualquier abrigo.

Mientras recogía la vela entrando en Cartagena, a la altura de la isla de Escombreras, la costera de cabo de Gata lanzó un aviso de urgencia por radio, una embarcación con 26 personas a bordo que provenía de la costa marroquí se encontraba a la deriva al sureste de Gata. La piel se me erizó mientras mi mirada se perdía en el horizonte. Me sentí vacío en esa tarde desapacible. Hay seres humanos que se juegan la vida por alcanzar las migajas de lo que nosotros damos por sentado y apenas valoramos.

Domingo 12 de Abril de 2015

Cartagena, la de los cartaginenses, el bastión histórico y militar de España. La verdad es que impone colarse por su bahía entre enormes acantilados en un pequeño barco, y como de la nada, surge un gran puerto muy protegido con una ciudad que mira al mar, oculta tras éstas estribaciones montañosas que se alzan ante el Marenostrum, entre el cabo de Palos y el cabo Tiñoso.

Atraco en el puerto, cansado y falto de sueño. Los días en Alicante comenzaban a hacerse ya largos y, según la predicción méteo, aquí me esperaban otros tantos amarrado debido al mal tiempo que se aproximaba y que comenzaban a avisar en estas últimas horas por radio. Esta es una zona en la que el viento sopla con fuerza y el mar impone su ley desde Alborán hasta Palos, con el cabo de Gata como testigo y punto a superar. Cartagena es un puerto de transeúntes, de navegantes transmundistas, que se mueven por mares y océanos anhelando ver tierra, y que una vez en ella desean ansiosos poder hacerse a la mar, que a pesar de su cara más cruda siempre ejerce un poder de atracción sutil e inconfundible. Banderas francesas, alemanas, británicas, holandesas, estadounidenses y neozelandesas ondean en las arboladuras de veleros de toda índole. Algunos barcos reflejan en sus cascos los envites del caprichoso mar.

En esta marina hay una cabina con un ordenador para acceder a internet. Allí me encuentro con dos navegantes franceses que, igual que un pastor de las montañas que convive con ellas gran parte del año, emanan esa evocación de conexión con el medio que los rodea. Ellos viajan hacia el norte, han pasado hace días el estrecho de Gibraltar y me informan y aconsejan acerca de sus corrientes y demás peligros. También me recomiendan que pare a repostar en el peñón, allí el combustible es más económico que en La línea o Algeciras; y con sus consejos e información me hacen plantearme ya ese paso como un horizonte no tan lejano.

A Carlos Ruano,

por su compañía y por brindarme su amistad

templando el atrevido germen de mi arrogancia

EN EL VIAJE COMO EN LA VIDA

 

Cartagena y día 9 de navegación (entre Cartagena y Aguadulce)

 

“el mar dará a cada hombre una nueva esperanza, como el dormir le da sueños”

(Cristobal Colón)

Preámbulo

Me despierto en la bañera del barco, donde había caído rendido tras una larga travesía.

Me encuentro abarloado al muelle de una gasolinera y miro a mi alrededor evitando el contacto con un sol que me lastima; al incorporarme puedo apreciar un pequeño barco pesquero en mi proa, sus marineros se preparan para hacerse a la mar mientras me observan con evidente curiosidad, con la sorpresa que despierta este transeúnte que ocupa un lugar novedoso en su rutina; en tierra se ve una zona de bares y restaurantes que comienzan a desperezarse en la soleada mañana. Acabo de regresar de un sueño demasiado corto y comienzo a recordar como he llegado a este lugar. Estoy en Aguadulce (Almería), al sur del cabo de gata y ya en tierras andaluzas, pero voy a contar la historia de esta etapa desde su comienzo, poniendo en orden lo que dejo por la popa de esta travesía.

Cartagena

Dos días ha durado mi estancia en esta ciudad; el fuerte levante que comenzaba a soplar en las últimas millas de la anterior etapa ha azotado las costas del área peninsular entre Palos y Gata forzando un nuevo parón en mi travesía durante el cual he deambulado por la ciudad y sus alrededores, un casco urbano que rinde honores a la historia militar de España y donde la armada posee una de sus bases más importantes; he visto, sorprendido ante lo que para mí era nuevo, un submarino maniobrando en la dársena militar y me he echado a caminar siguiendo la costa, visitando atalayas dominadas por antiguas fortificaciones castrenses que me han brindado estampas sobre un mediterráneo que por estas latitudes se despide de Europa y se asoma hacia el sur a África, tan cercana y tan distinta; el mar, al fin y al cabo es una frontera sin banderas testigo de la historia y de muchas vidas empapadas en sueños difíciles de alcanzar.

El barco se mueve en puerto como queriendo escapar de las ataduras que lo unen a él y yo me cuestiono la necesidad de seguir amarrado. En mi segundo día en puerto esas dudas se disipan al ver como un gran crucero atraca no muy lejos de donde me encuentro para protegerse del temporal, y mi prudencia adquiere valor de necesidad cuando, tras hablar con pescadores de la zona, me recomiendan permanecer allí hasta que el levante se sosiegue, me dicen que no sólo en el lugar de donde yo provengo el gran azul se cobra vidas de marinos que deciden hacer frente a sus aguas embravecidas, pecando de arrogancia. Poco a poco voy comprendiendo que la resignación se puede convertir en sosiego, que batallas he tenido y otras vendrán pero debo ser selectivo al enfrentarme a un horizonte tan impredecible.

De Cartagena a Aguadulce (15-16 de Abril de 2015)

La mañana del 15 de abril amanece nublada pero el temporal va remitiendo y según la predicción continuará haciéndolo en las próximas horas, y yo debo seguir mi viaje porque a este ritmo no tardará en convertirse en una batalla contra el calendario, a sabiendas de que la prisa y el mar no se llevan bien en absoluto. Preparo un café en la cabina del Azores y me lo tomo examinando la carta, planificando la ruta y consultando los partes meteorológicos. La predicción habla de marejadilla y vientos de quince nudos del sureste entre mi posición y el cabo de gata, también se prevén fuertes lluvias con aparato eléctrico en la costa oriental de Almería hacia la noche. Tengo 80 millas por delante hasta Gata, lo que a una velocidad de 6 nudos supondrá pasar ese accidente geográfico de madrugada. Resulta inquietante la predicción de tormenta en una costa sin apenas zonas de abrigo pero debo soltar amarras.

Preparo el barco para la travesía y me acerco a la gasolinera del puerto para rellenar combustible, y a las 09:35 horas pongo rumbo a la bocana del puerto, una vez en mar abierto despliego las velas y establezco un rumbo suroeste para pasar a cuatro millas del cabo de Gata, es un rumbo directo que me alejará a 20 millas de la costa en un mar inquieto.

Poco a poco me voy alejando del litoral y la visibilidad, reducida por la nubosidad, se transforma en un gris intenso que me envuelve por completo. A mediodía comienza a llover, el viento es de 10 a 15 nudos por el través y las nubes se desplazan rápido de barlovento a sotavento, la marejadilla se va calmando y no me impide navegar cómodamente aunque siempre atento al trimado de las velas y realizando ligeras correcciones en el piloto automático. Alrededor de las tres de la tarde avisto a babor un grupo de cetáceos que se desplazan en sentido contrario a mi derrota, la verdad es que resulta agradable esa estampa en una jornada tan solitaria, pero las sorpresas no se quedaban ahí, una hora más tarde, tras un chubasco corto pero intenso el cielo a mi popa se tiñe de color entre las nubes con dos simultáneos y preciosos arcoíris, supongo que estos son los momentos que tiñen de magia un viaje así, los que recordaré con una sonrisa cuando el tiempo me haya alejado de este mar. La travesía sigue discurriendo sin novedad mientras la oscuridad se apodera poco a poco del cielo, y entretanto anochece, a estribor las nubes bajas dejan entrever la cercanía de una costa que me acompañará hasta ese cabo que da acceso al mar de Alborán . La radio de abordo rompe su silencio con las transmisiones entre la costera de cabo de Gata y los barcos que transitan por su dispositivo de separación.

Nubes bajas a estribor poco consistentes, casi una neblina que se mueve rápido sobre el litoral que me muestra su sombría silueta; una oscuridad rota únicamente por el reflejo de dos luces, las de los faros de la mesa de Roldán y de la punta de la Polacra. La costa me acompaña a tres millas en el área del parque natural de cabo de gata, es una lástima que no haya podido navegar por aquí durante el día y poder así observar uno de los espacios de mayor belleza del litoral ibérico, un lugar importante para marinos de nuestro tiempo y de épocas pasadas, con sus calas de agua cristalina escondite de piratas de ayer y hoy. Aunque de alguna manera, como si quisiese hacerme testigo del vigor de las aguas en aquella zona, el mar comienza a agitarse acompañado de un viento racheado de origen impreciso aunque cerca de mi proa, ya se sabe que los cabos, esas aristas envenenadas donde la tierra se enfrenta al mar y el viento, son zonas donde hay que redoblar la atención. En el cielo una luna en cuarto menguante se deja ver entre las nubes que se dispersan por momentos, y por babor puedo divisar un núcleo tormentoso donde las nubes se iluminan por momentos de forma sobrecogedora, y al cabo de un rato el lejano sonido del trueno. Tengo que estar atento a la tormenta y por precaución cambio ligeramente mi rumbo para acercarme un poco a tierra, buscando su abrigo ante un mar agitado y alejando mi demora de la de los relámpagos que encienden la noche.

Cerca de tierra el mar se tranquiliza y en la carta observo una zona de obstáculos balizada en mi derrota, algún tipo de artilugio de pesca o acuicultura. La visión a babor es menos tranquilizadora, por momentos la tormenta parece estar más cerca cuando ese torrente de luz directo al mar se desprende de las nubes acompañado de un sonido estremecedor, la imagen es sublime e inquietante a la vez; a las 23h pongo la radio y sintonizo una emisora andaluza, en el parte meteorológico advierten de fuertes lluvias en la provincia de Almería acompañadas de aparato eléctrico que irán amainando hacia la madrugada, más improbables en el litoral por el que navego, y el parte de salvamento marítimo habla de un núcleo tormentoso desplazándose del mar de Alborán hacia las islas Baleares, según los partes la borrasca debería haberse desplazado al norte cuando yo me disponga a doblar el cabo.

Llevo ya muchas horas navegando y soy cada vez más consciente de la dureza de una travesía en solitario, el mar te obliga e estar siempre atento y te agota, y nos hace batirnos con nuestros límites. A estas alturas el café no cura el sueño y el tiempo se atasca, sentado en la cubierta observo en el horizonte un haz de luz sobre el mar y el cielo, una secuencia de reflejos que se repiten, el mar se inquieta y poco a poco me voy despertando, tengo que agarrarme a la realidad y gobernar el barco. Así se descansa en un velero de diez metros a las tres de la madrugada doblando este extremo suroriental de la península ibérica, divagando en un limbo entre realidad y sueño. El haz de luz se refleja ya ante mí, es el faro de gata.

Cambio el rumbo sur suroeste con el que había navegado desde Cartagena por un rumbo Oeste, estoy pasando el cabo y ante mí se abre el Golfo de Almería, la sensación de haber pasado un punto tan importante en mi viaje es revitalizante, pero aun así estoy agotado. Necesito descansar unas horas así que decido llegar con este rumbo hasta el puerto de Roquetas de mar. Había pensado en seguir hacia Motril sin embargo el cansancio no me deja seguir navegando en un mar agitado pero ya sin apenas viento. La brisa se calma casi por completo y decido encender el motor cuando veo que comienza a fallar la electrónica de abordo, el plotter se apaga, el piloto automático se detiene, y la emisora comienza a emitir sonidos graves; conecto el arranque del motor pero no hace el mínimo amago de ponerse en marcha. No tengo fuerzas ni para desesperarme, con calma trato de posicionarme sobre la carta sacando enfilaciones y marcaciones sobre Almería cuyas luces se divisan a lo lejos y el faro de Gata, en la mesa de cartas todavía resiste la luz tenue de una pequeña lámpara. Trato de reunir fuerzas para concentrarme y darle solución al problema, compruebo la conexión de las baterías y mi sorpresa resulta desesperanzadora, no entiendo como he podido cometer un error tan grave, había dejado las dos baterías del barco conectadas al consumo de abordo, y al llevar tantas horas de navegación únicamente a vela, sin que el motor las cargase, con un consumo que se había incrementado al hacerse de noche con las luces de navegación y la retroiluminación de los aparatos, me había quedado sin carga, esta no alcanzaba ya para encender el motor ni para los aparatos de mayor consumo, solo una luz tenue, tan lejos y tan cerca de un puerto donde descansar.

Salgo afuera observando las velas flamear pesadas ante la ausencia de viento, trato de acuartelar el Génova para quedarme parado y pensar con tranquilidad, el mar está ligeramente agitado pero con viento escaso y variable y no muy lejos de mi posición observo con inquietud las luces de la costa. Activo el gps de mi teléfono móvil sobre el “google maps” para observar mi deriva. De repente el barco comienza a dar pantocazos en el sitio, como si el agua se volviese más densa y observo un colorido extraño en el mar, con la ayuda de una linterna ilumino su superficie y no doy crédito, el mar está completamente blanco, hasta donde alcanza la luz de mi foco se divisa una masa blanquecina y la sensación general es muy desagradable. Cojo un balde y lo echo al agua para recoger una muestra de aquello y la sorpresa es mayúscula cuando compruebo que se trata de medusas, un enorme banco de medusas sobre el que encuentro a la deriva. Por mucho que trate de convencerme de que no puede ser cierto, de que es una mala pasada de mi cabeza fatigada y falta de sueño, no encuentro una solución a mi alcance, y me quedo pensando, derrotado, con la seguridad de la costa dándome la espalda. Compruebo mi deriva en el teléfono y veo que me estoy moviendo hacia el oeste, y aunque trato de salir de allí con el poco viento que sopla la corriente me mueve sobre la superficie a mayor velocidad de la que me proporcionan las velas. El rumbo verdadero es hacia la costa, si trato de compensarlo poniendo proa al sur me quedo desventado, aunque tampoco conseguiría nada saliendo a mar abierto sin batería y en aquellas condiciones. A lo lejos veo un barco desplazándose con su luz verde de estribor hacia mar abierto, no tengo emisora para intentar contactar con él así que trato de hacerle señales luminosas, lo intento durante largo tiempo sin que se inmute en su movimiento, tengo que solicitar ayuda si no quiero verme varado en la costa. Yo creía, en mi inmensa estupidez que los problemas en la mar venían de temporales que te ganan el pulso o de abordajes en la noche, algo más digno de una gran travesía y menos frustrante. Con una resignación amarga cojo la carta de salvamento marítimo de abordo y telefoneo a la central en Madrid, les explico mi situación, de allí me ponen en contacto con Almería tráfico, donde me ofrecen una embarcación para remolcarme hasta puerto como única solución al lío en que me encuentro, les facilito mi situación estimada y me localizan en su radar, en media hora tendré aquí a una embarcación “salvamar” que me remolcará hasta el puerto de aguadulce. Poco tiene de destacable la espera, observando el horizonte apoyado en la botavara, casi dormido, y el remolque que me facilitan los tripulantes del barco que llega en mi auxilio, que maniobra con dificultad en el banco de medusas, la sensación de fracaso lo ocupa todo en esta madrugada, el cabo de gata, por la popa, es cosa del pasado.

Tras una travesía de cinco millas remolcado por salvamento llegamos al puerto, me explican la maniobra con la que me abarloan al muelle de la gasolinera, y siguiendo las instrucciones que me dan consigo amarrar por fin, realizo los trámites del seguro por el auxilio prestado y me tiro en la bañera del barco, en busca de un sueño mejor, son las cinco y media de la madrugada.

 

“A Miguel, un buen gallego que me prestó ayuda en Valencia,

por su amistad”

MARES DE PLÁSTICO

Día 10 de navegación (entre Aguadulce y Adra)

“No hay nadie menos afortunado que el hombre a quien la adversidad olvida, pues no tiene oportunidad de ponerse a prueba”

(Séneca)

Aguadulce

Tras desperezarme del corto pero profundo sueño subí a la parte más alta de la cubierta del Azores y volví la mirada al mar, con ese aspecto casi poético, con su inevitable poder de atracción a pesar de las dificultades, y los recuerdos de la noche que había sido se diluían en un momento único, como todos y como ninguno. En cuanto el pesquero que se encontraba a mi proa, preparándose para zarpar, soltó amarras, pude darrme cuenta de que me había quedado solo en aquel muelle, era muy temprano todavía. Fue entonces cuando me despojé de toda la ropa que llevaba puesta y con la que había navegado durante toda la jornada anterior y me eché al agua, sin pensarlo, en un gesto casi simbólico; el agua estaba fresca pero no era desagradable, me sumergí bajo el casco del barco palpando su robustez, observando las formas que su quilla dibujaba bajo el agua, y al cabo de un rato volví abordo con una visión distinta. Debía ser pragmático y afrontar el día de una manera útil.

Después de comprobar el estado general del barco, ordenar los cabos y recoger bien las velas salí a buscar una cafetería donde desayunar algo y conectarme a internet. Me planteé por un momento quedarme en aquel puerto para descansar un día pero finalmente decidí salir a recorrer millas y dejar atrás el golfo de Almería, en aquel momento el mar y el viento estaban en calma pero la predicción a partir del mediodía no era muy favorable, se esperaban vientos de poniente de hasta cuarenta nudos en toda la costa, con su correspondiente e incómoda ola corta propia del mar Mediterráneo. Eso significaba navegar ciñendo el viento en un mar duro; “tal vez pueda llegar a Motril” pensaba,  lo cierto es que la previsión para los siguientes días me ofrecía una ventana de buen tiempo que debería aprovechar para adentrarme en el estrecho de Gibraltar, ya que luego parecía volver a asomarse la posibilidad de un nuevo temporal de levante.

Después del café me dirigí a la oficina del puerto para tratar de conseguir una batería con la que arrancar el barco, allí se encontraba el operario de la gasolinera que amablemente me ayudó con mi problema, y con la pesada pila y unas pinzas me dispuse a dar calor a aquel motor cuyo sonido me resultó agradable y relajante por primera vez. Permanecí en el puerto un rato preparando la derrota a seguir en la mesa de cartas, dando vida a los aparatos electrónicos y rellenando el depósito de combustible con el gasoil de una garrafa. Y a las nueve de la mañana solté amarras.

De Aguadulce a Adra (16 de Abril de 2015)

A motor y con rumbo Sur fui desplazándome por el Golfo Almeriense, a la altura de Roquetas el viento empezó a soplar racheado del suroeste, hasta ponerse completamente del oeste al rebasar la punta del Sabinal, soplando ya fuerte. Me aproé a él y desplegué la vela mayor con dos rizos, había decidido navegar con el motor encendido a pocas revoluciones y con poco trapo, eso ayudaría al barco a ceñir mejor sin ofrecer demasiada vela a un viento que soplaba racheado entre treinta y cinco y cuarenta nudos. Así navegué ofreciendo mi amura de estribor al poniente y en una sucesión de saltos, alguno de los cuales hacía volar el barco sobre el seno de la ola. Aunque debía estar muy atento resultaba divertida aquella navegación frenética, al sur se divisaba algún velero navegando hacia levante con el viento en la popa, en un mismo mar esos barcos gozaban de una situación más favorable, en cambio no había otro barco aparte del Azores navegando a contraviento.

En la costa podía contemplarse un intenso brillo que ocupaba todo el litoral hasta las montañas, se confundía con el propio brillo del mar a lo lejos, bajo el sol. Se trataba de los miles de invernaderos que ocupan la zona de El Ejido, la huerta almeriense me dejaba una estampa sorprendente desde el mar de Alborán sobre el que me desplazaba con lentitud, luchando contra el mar agitado. Creo que el mejor antídoto para los malos tragos es llenar el tiempo de intensidad, de novedades, de lugares y gente distintos, adquiriendo una amplia perspectiva sobre uno mismo.

A la altura de la punta de las Entinas, dos horas después de haber izado la mayor, hice una virada para cambiar el bordo y puse proa a la punta de los baños, a la que me fui acercando manteniéndome en todo momento al timón, gobernando para evitar pantocazos excesivos, mientras sentía en mis manos la fuerza del mar y del viento que azotaba las drizas contra el palo.

A estribor podía avistarse el puerto de Almerimar, al borde de los invernaderos que se divisaban claramente. Muchos palos de veleros amarrados moviéndose al viento y uno aquí fuera, libre de amarras. Navegué hasta cerca del veril donde se producía una pérdida de profundidad importante antes de volver a virar. Desde la playa, dos personas que se distinguían claramente observaban atentos mi maniobra, la verdad es que desde tierra resulta asombrosa la navegación de un velero en aquellas condiciones, yo prefiero observarlo desde el barco.

Al pasar la punta de Baños puedo observar claramente las estribaciones montañosas de sierra nevada, imponentes desde mi posición. Aunque la navegación resulta intrépida el cansancio acumulado se va notando, y a las cinco de la tarde hago la última virada para poner proa al puerto de Adra llegando allí una hora más tarde. La entrada al puerto la realizo enfilando la playa de San Nicolás, de arena oscura, bordeando el espigón de poniente contra el que rompen las olas; luego, a estribor, un canal de boyas que baliza una zona de poca sonda me guía hacia el interior de la dársena, de aguas ya tranquilas, y al fondo unos viejos y saturados pantalanes que serán el cobijo de hoy, la tranquilidad que me invade resulta  proporcional a la emoción que el mar y el Azores me regalan.

“Al mar, por su virtud para no andarse con rodeos”

 

ENTRE DOS CONTINENTES

Etapa 11 de navegación (entre Adra y La Línea)

“El futuro tiene muchos nombres. Para los débiles es lo inalcanzable. Para los temerosos, lo desconocido. Para los valientes, es la oportunidad”

 

Adra  (Almería)

Con el Azores reposando por fin en un pantalán del puerto yo vuelvo a poner pie en tierra, aunque la sensación, recurrente cada vez que piso un suelo firme tras una larga o  agitada travesía, es la de estar todavía en movimiento, me cuesta saltar de este confuso ribete a la quietud del continente.

Adra es una ciudad fundada en el S VIII a.C. por los fenicios como “Abdera”. Esos grandes mercaderes de la antigüedad que constituían el primer pueblo colonizador de la península ibérica; y tanta historia y tantas vidas desde entonces hasta que llegó nuestro tiempo. Ahora soy yo el que se adentra en sus calles, en busca de un supermercado donde hacer acopio de víveres, y en mi corto recorrido no tardo en percatarme de la pluralidad, de la influencia de la inmigración en un municipio que se alza a menos de 100 millas náuticas al norte de la costa africana; y me resulta inevitable pensar en la odisea de tantas personas para alcanzar esta “tierra de oportunidades”, o en aquella embarcación a la deriva mientras yo me cobijaba en Cartagena; ilusiones corrompidas de clandestinidad e intoxicadas de muerte cuando el caprichoso mar impone sus normas de modo inclemente. Conozco un poco el norte de África y no puedo evitar empatizar con esa gente, comprendo los motivos de su “pecado” más que el prejuicio de quien los repudia frente al televisor.

Tras realizar la compra regreso al puerto, me apetece hacerme una buena cena abordo, revisar el barco, planificar las próximas millas y tomarme un merecido descanso. Antes de subir al Azores me bebo una cerveza en la cantina y allí conozco a Pablo, un marinero treintañero de la zona, que sorprendido por mi travesía me advierte de los peligros del estrecho de Gibraltar. Pablo trabajó cinco años en una importante compañía de buques de pasaje realizando las rutas entre motril y melilla, y entre Algeciras y Ceuta; me habla de corrientes, de bajos peligrosos y vientos duros, de un elevado tráfico de grandes buques, etc… La verdad es que lejos de preocuparme, sus palabras consiguen aumentar mi curiosidad. Recuerdo cuando hacía ejercicios sobre la carta del estrecho mientras preparaba mi examen de patrón, ansiaba navegar algún día por aquellas aguas, trazando rumbos y demoras entre dos continentes, punta Almina, punta Europa, isla de Tarifa, Trafalgar…. Lugares salpicados de historia, capaces de poner a prueba la tenacidad y la pericia de cualquier navegante.

Ya abordo, hago la cena y examino sobre la carta la travesía que me llevará al estrecho, ya estoy aquí, a 120 millas de la punta de Europa. Hago el cálculo de combustible y compruebo la predicción meteorológica, según parece me espera una jornada sin viento y con el mar en calma, incluso se prevén importantes bancos de niebla en la zona; en esas condiciones y yendo a motor toda la jornada tendría combustible suficiente para alcanzar el puerto franco británico en poco más de 24h, allí es mucho más económico el gasoil, lo que me vendría de perlas. Con la ruta planificada y el barco preparado me voy a cenar, y a descansar. Es curioso lo relativo que puede resultar el paso del tiempo en función de las experiencias que lo llenen, el Masnou, Carlos, Galicia, Cabo de Gata… corro el riesgo de engancharme a esta vida, de que lo que he sido vaya perdiendo sentido.

De Adra a La Línea (17 de Abril de 2015)

He navegado pocos metros desde que rebasé el espigón de la dársena de Adra y ésta ya apenas se distingue, la niebla es densa, el equipo de viento solamente refleja el avance del barco y el mar es un plato, son las 11:20 horas. El paisaje contrasta con el de ayer, soleado, ventoso y donde el mar me agitaba con vehemencia, en cambio ahora con las velas recogidas y sin el más mínimo vaivén me resulta difícil escudriñar a través de la bruma, que por momentos es tan densa que noto las partículas de agua pasar a popa del stay, con cierta sensación de mareo. Compruebo mi derrota en el plotter y me sitúo en el balcón de proa prestando atención al mínimo sonido, con la bocina manual en el bolsillo. Estoy navegando con rumbo oeste sur oeste para pasar cinco millas al sur del cabo Sacratif, me preocupa el puerto de Motril que se haya a continuación con el tráfico que puede suponer, aunque a la velocidad que llevo todavía me quedan tres horas para llegar allí y para entonces espero que la niebla se haya disipado.

A las 13:30 me encuentro a la altura de Castel de Ferro y a unas cinco millas del cabo Sacratif, lo sé porque lo veo en la pantalla del plotter, a mi alrededor continúa la niebla, densa, fría y húmeda. En la emisora dos hombres se dedican a charlar sobre trivialidades por el canal 16, reservado a emergencias, y la costera trata de disuadirlos sin éxito, aunque en un momento de la conversación me dan una valiosa información cuando uno de ellos dice que a diez millas de la costa de salobreña hay una amplia zona sin niebla, por lo que decido modificar ligeramente mi rumbo hacia esa situación, y así continúo, emitiendo bocinazos de vez en cuando entre el cabo y motril, atento al mar por el que navego, recordando el libro de la batalla de Trafalgar, donde un barco español escudriñaba en la niebla sabiendo que en cualquier momento podía toparse con la armada inglesa.

A las 14:30 horas, y como si alguien retirase un grueso telón de mi vista, salgo de las tinieblas, y el sol brilla con fuerza sobre el mar estático, al ir avanzando miro a mi alrededor y es como si me encontrase en un gran oasis azul en medio del gris apelmazado que me rodea. El claro tiene unas tres o cuatro millas de radio, hacia tierra puedo distinguir las montañas sobre la niebla, yo me encuentro navegando sólo en un enorme remanso donde el sol aplica su justicia. Con el piloto automático guiando el barco sin dificultad ocupo mi tiempo en otras tareas, lavar ropa, revisar sentinas, realizar ajustes en la jarcia… y disfrutar, me subo a lo alto del palo mientras el barco sigue fiel a su derrota, no hay mucho donde otear pero la visión desde lo alto me ofrece una imagen singular del azores, luego, me siento a leer en el balcón de proa hasta que, poco a poco me vuelvo a introducir en la niebla, más dispersa bajo la influencia del sol.

Durante la tarde la niebla deja paso a un cielo despejado y voy tomando distancia de la costa que ya no alcanzo a divisar, a babor veo la silueta de grandes barcos que se dirigen al estrecho y en la proa el sol cae hacia el occidente como si me guiase ya hacia el atlántico, y miro atrás en un guiño al Mediterráneo apacible que comienza a despedirse.

La noche es clara y estrellada, y si ningún contratiempo me lo impide el amanecer tomará forma cerca de “la roca” que pone punto y final al continente europeo. Me echo a dormir durante períodos de quince minutos entre los cuales observo el horizonte a mi alrededor buscando alguna luz o la sombra de algún barco que pueda suponer un riesgo en mi trayectoria. A las 03:30 horas, en medio de esa confusión entre sueño y realidad, oigo un ruido cerca del barco, me incorporo deprisa y camino por la cubierta hacia la proa, desde allí puedo observar un grupo de delfines moviéndose a gran velocidad de un lado a otro de la quilla, parece que se divierten. Me resulta asombroso el espectáculo, a su paso dejan una estela de luz fosforescente que contrasta con la oscuridad del mar en la noche; yo me quedo allí durante un largo rato, pasmado con el espectáculo, hasta que los delfines desaparecen. En la amura de estribor observo una luz sobre la superficie, todavía demasiado lejos para distinguir de qué se trata, pero poco a poco veo que se va acercando con una demora que no afecta a mi derrota, hasta que consigo distinguir a un gran barco ataviado de luces, se trata de un gran crucero que parece dirigirse a la costa, donde un claro en el cielo indica la presencia de una ciudad, que tras comprobar la carta de navegación puedo identificar como Málaga.

Todavía no ha amanecido pero a mi popa el cielo comienza a adquirir ciertas tonalidades que anuncian el nuevo día, luces de barcos navegando por babor, y a estribor otros que parecen mantenerse a la espera, en mi proa observo secuencias de claridad sobre el cielo que indican tierra, son los destellos de punta Carbonera y punta Europa. En el mar cientos de peces saltan sobre la superficie como haciendo hervir el agua, no puedo distinguirlos con claridad pero parece que se trata de un banco de atunes. Ya que tendré que mantenerme despierto y alerta hasta mi llegada a puerto me preparo un buen café y me mantengo en la bañera atento a mi alrededor y casi conmovido por los colores que adornan el amanecer.

Hay situaciones que de manera singular me hacen partícipe de la realidad de los lugares por los que discurre mi destino, y creo que alejarse de los prejuicios es el mejor modo de vivir esos momentos. Sobre las seis de la mañana, sentado en la bañera puedo observar por la aleta de babor, a lo lejos, una pequeña embarcación inmóvil, y me dispongo a alcanzar los prismáticos cuando veo que comienza a moverse hacia mí a toda velocidad, a través de las lentes puedo observar a una neumática oscura en la que se adivinan unos potentes motores, lo primero que pienso es “La guardia Civil”. Soy consciente de la realidad de aquella zona, de los tráficos ilícitos desde Marruecos y de la vigilancia que debe existir en aquellas aguas, en uno de los lugares con mayor tráfico marítimo del mundo. A medida que la embarcación se acerca puedo distinguir a una tripulación bien ataviada, con fundas y cascos oscuros y botando ligeramente sobre un potro central; yo bajo máquina para facilitarles mi costado y que así puedan abarloarse, se ponen al lado y les paso un cabo que no necesitan puesto que en el mar tranquilo permanecemos inmóviles sin dificultad. En ese momento la sensación de sorpresa se transforma en incredulidad cuando tres chicos jóvenes, de unos veinte años, se retiran los cascos y los verdugos, me saludan y me preguntan a donde voy, por el acento parecen andaluces dos de ellos y el tercero, el que lleva la embarcación, Marroquí. Les digo que voy a Galicia e iniciamos una conversación de lo más banal pero cordial, creo que no debo ahondar en el motivo de la visita y hablo con ellos afablemente sobre el mar, les sorprende que navegue en solitario por toda la costa y a mí me impresiona encontrarme en aquella situación. En un momento dado se despiden de mí y me desean un buen viaje, y abandonan el lugar a toda velocidad, dejando una estela que rompe la quietud del agua y rumbo al sol que emerge ya en el levante por encima de los bancos de niebla que adornan el área de Alborán, yo vuelvo a dar máquina al barco y modifico el rumbo para adentrarme ya en el estrecho, al sur de punta Europa, y mientras avanzo observo por la popa a aquella embarcación donde la había visto por primera vez, apostada en una estampa bucólica.

Sin apenas darme cuenta, debido a la inesperada visita, la luz y los colores son ya fácilmente visibles por mi proa en el horizonte, y entre una línea de calima puedo comenzar a distinguir una gran masa rocosa, es el peñón de Gibraltar, más a estribor observo varios barcos grandes fondeados, seguro que es una zona muy abrigada para los vientos de poniente que habían soplado en los días previos; a la otra banda, en babor, veo una lejana línea de barcos que se adentran en el estrecho; algunos más lejanos llevan un rumbo opuesto. Y entre la bruma, a medida que me acerco al gran peñón se distingue la montañosa costa del norte de África, resulta emocionante.

A mediodía me encuentro ya bordeando punta Europa y con la luz del día observo pasmado la gran cantidad de enormes barcos fondeados, y el intenso tráfico de estas aguas; pero tengo la impresión de que avanzo muy lentamente, la velocidad en las últimas millas había descendido ligeramente debido a una corriente con la que ya contaba, pero al fijarme de nuevo en la corredera y en el plotter puedo comprobar que la fuerza de la corriente ha aumentado de manera considerable, el barco avanza a siete nudos sobre una masa de agua que a su vez se desplaza en dirección contraria a cuatro nudos ya, el resultado es que me muevo lentamente a tres nudos haciéndose así realidad el peor de mis pronósticos en cuanto a consumos. El reloj indicador de combustible está casi en su punto más bajo, “va a estar la cosa justa” pienso, y continúo avanzando a sabiendas de que poco puedo hacer más que confiar.

Cuando tomo suficiente resguardo de punta Europa viro a estribor para introducirme en la bahía de Algeciras, plagada de barcos fondeados; cargueros y petroleros dibujan un escenario único, y a su vez pequeñas embarcaciones salen del puerto y navegan alrededor de los grandes buques empequeñecidas por su magnitud. Un barco de pasaje de la compañía Transmediterránea se desplaza con rumbo sur  hacia Ceuta, mientras otro más lejano enfila la bahía procedente del suroeste. La radio es un incesante ir y venir de comunicaciones entre barcos que notifican su carga y reciben instrucciones de Algeciras tráfico, informando de sus destinos en puertos de todo el mundo. Trato de establecer un rumbo directo entre mi posición y la entrada del puerto de Gibraltar, bordeando la costa del peñón y su ciudad y poco a poco me convenzo de que llegaré, justo pero llegaré.

Me introduzco en el puerto entre un espigón y una línea de boyas que señala la zona de despegue del aeropuerto, al fondo por babor un conjunto de lujosos yates descansan en sus pantalanes, y a estribor el muelle de la gasolinera al que consigo abarloarme tras una complicada maniobra. Me sorprende el bajo precio del carburante, la mitad que en España, y lleno todo recipiente cuanto tengo disponible; hablando con el operario de la gasolinera le comento mi encuentro con la embarcación neumática y me dice que es normal por allí, que posiblemente me habían confundido con el barco al que esperaban. Tras repostar me decido  trasladarme al vecino puerto de la Línea, tal como había planificado. Cubro el breve trayecto entre ambos embarcaderos, y mientras me aproximo a la plaza asignada por el personal del puerto español observo cerca un bonito velero de madera de bandera británica, y a su único ocupante que se acerca para ayudarme en el atraque, sobre mí se alza imponente la masa rocosa del peñón de Gibraltar, son las dos de la tarde.

“A mi hermano,

por guiarme a través de las isobaras,

y por su apoyo incondicional”

 

 

LA NOCHE VEHEMENTE

Etapa 12 de navegación (entre La Línea y Vila Real)

“un barco está a salvo en puerto, pero no es para eso que se crean los barcos”

(John A. Shedd)

La Línea

La línea de la Concepción es un municipio de la provincia de Cádiz que se haya en la bahía de Algeciras, fronterizo con Gibraltar. He permanecido un día entero en este puerto antes de iniciar mi salida al Atlántico y después de dejar atrás un mar que me ha bautizado para la navegación en solitario, ahora me aguarda el océano, pero desde aquí hasta el cabo San Vicente resta todavía el grueso del estrecho y el golfo de Cádiz, y debo afrontar cuanto antes este tramo ya que según la previsión para los próximos días un temporal duro entrará en escena y, aunque me encantaría quedarme otro par de noches en este puerto observando el gran peñasco inglés al abrir el portillo por la mañana, no debo dilatar más la pausa.

Durante mi estancia en La línea he aprovechado para visitar el Peñón y hacer unas compras, poca cosa, algunos víveres y una botella de buen ron sin aranceles para celebrar mi llegada un día de estos a las Rías Baixas…,- Y una imagen de la costa gallega se pasea por mi cabeza… Cíes, la costa da vela, y me adentro en la ría de Arousa siguiendo el rastro de viejas rutas en kayak, viejas aventuras que el tiempo va alejando- ; y el divagar por la geografía de mi mente me trae de nuevo al sur con el grave bocinazo de un barco en la bahía. Mis días aquí, decía, han colmado mi curiosidad como todo lo nuevo y distinto, ya sea una remota montaña de Asia o las cuevas de la isla de Ons, tan semejantes y tan alejadas entre si.

También he charlado con Ernest, el navegante británico que me ayudó a amarrar el barco a mi llegada y que lleva tres de  sus setenta años circunnavegando el globo, sin prisas, y aguarda en este puerto la llegada del verano para bajar hacia las islas Canarias y esperar allí a los alíseos para que lo empujen a través del Atlántico. Ernest me dice que yo también podría cruzar el charco en mi barco y la idea me resulta seductora, pero esa señora caprichosa llamada realidad me dice que no es el momento. El viejo marino inglés se despidió de mí con un “good luck my friend”, y se alejó posiblemente para siempre, aunque eso ya es cosa del azar y el veleidoso destino.

Todavía me queda mucho para llegar a Galicia y trato de disfrutar el momento, sin pensar más de lo necesario en lo que me espera.

De La Línea a Vila Real (20 -21 de Abril de 2015)

Me despierto a las seis de la mañana y, tras tomarme un café caliente que desentumece el ánimo, suelto amarras para continuar mi viaje; todavía es de noche. En la radio no cesan las conversaciones, no hay lugar para el descanso en una zona tan concurrida.  En la bahía decenas de barcos permanecen inmóviles en sus fondeos con las luces encendidas mientras la salida del sol comienza a anunciarse en los colores del alba, si todo va bien hoy podré ser testigo del amanecer y el ocaso sobre el mar, en una línea de agua abierta de este a oeste entre Europa y África. Me desplazo suavemente por la gran rada con un rumbo suroeste que me permita doblar punta Carnero con seguridad entre sus bajos y el dispositivo de separación de tráfico mientras el sol comienza a hacer acto de presencia en el horizonte asomándose por punta Europa. En dos ocasiones tengo que modificar mi derrota para facilitar el paso a los ferries que salen de Algeciras o se dirigen allí, toda precaución es poca.

Al doblar punta carnero una boya cardinal me advierte de una zona peligrosa al oeste de la misma, el sol ya calienta sobre mi cabeza y se pueden divisar muy cerca por babor los enormes barcos que cruzan el estrecho. Yo navego a motor, a cinco nudos sobre una corriente en contra que se desplaza a dos nudos, todavía no he desplegado las velas ya que el viento es muy flojo de levante, pero puedo observar por popa como el peñón se cubre con un sombrero blanco, una nube de esas que anuncian que va a soplar; se nota que voy aprendiendo algo porque en menos de una hora el levante comienza a hacer acto de presencia. Yo aguanto un poco todavía para desplegar el trapo, antes quiero atravesar una zona donde el agua parece hervir, una de esas zonas de bajos que, aunque no amenacen mi calado, suelen dar lugar a cambios bruscos en la intensidad y dirección de las corrientes, formación de remolinos, etc. Una vez atravesada sin mayor dificultad la zona problemática pongo la proa al viento y despliego la vela mayor, luego pongo rumbo a la isla de Tarifa y desenrollo el Génova, navegando con un viento de quince nudos por la aleta de babor. Con el piloto automático y un buen trimado el barco va de maravilla, así que bajo a prepararme la comida y repasar el parte meteorológico. La información sigue apuntando a que el temporal entrará con fuerza a las ocho de la mañana, con una alerta naranja por viento y lluvias que afectará a toda la provincia de Cádiz, y observando detenidamente la carta creo que podré dejarlo atrás si navego desde Trafalgar con rumbo directo a la costa portuguesa.

Apenas llevo unos minutos en la cabina cuando noto que el barco adquiere una escora más pronunciada, el viento se sitúa en 25 nudos y el mar se encrespa y comienzan a formarse olas, aflojo las escotas para navegar con mayor comodidad mientras en la cocina se calientan unas albóndigas, y observo con tensa curiosidad esa brusca mutación en el mar sobre el que tantas veces había leído en artículos y diarios de navegación en el estrecho. En esta zona se encuentran por un lado el Mare Nostrum cerrado y más cálido, con mayor concentración en sal debido a la evaporación, y por otro lado el gran océano cuyas aguas menos densas circulan por la superficie hacia el Mediterráneo, aunque la complejidad de la zona hace que no todo sea tan previsible, y a todo esto se suman los bajos, las mareas, el intenso tráfico, y el viento. La zona por donde navego es el tramo crítico, el corazón del estrecho, donde la corriente es superior y donde el viento influye notablemente en los valores de ésta, enfrentándose en este caso y formando abundantes borreguillos. Además el perfil de esta costa que estrangula el flujo de aire entre Tarifa y punta Cires hace que una brisa moderada pueda traducirse aquí en vientos de fuerza seis o siete.

Es ya mediodía cuando a tres millas de Tarifa observo la posibilidad de una triple encrucijada, por un lado el viento me produce un abatimiento que de continuar así me acercaría peligrosamente a la isla Tarifeña por estribor, por la amura de babor diviso el fast ferry procedente de Tánger que se cruza en mi demora, y además un velero navega con dificultad contra el viento entre mi posición y el ferry, ciñendo hacia  levante. Decido facilitar el paso del velero poniendo el viento en mi popa con un rumbo más hacia tierra, y en cuanto se sitúa por barlovento vuelvo a modificar el rumbo abriéndome al viento para alejarme del ferry pasando por su popa, y alejándome así de la isla de tarifa. Al realizar esta maniobra me sitúo con el viento casi por el través de babor y eso se nota en el nervio con el que el barco reacciona, escorándose y aumentando la velocidad, volando suavemente sobre las pequeñas olas.

Ajenos a los avatares de mi travesía los grandes barcos siguen recorriendo el estrecho ante la costa africana, al fondo. Donde antes se divisaba Gibraltar se sitúa ahora una gran nube alargada arrastrada por el viento, y en la radio los avisos a navegantes de Tarifa tráfico se mezclan con el sonido del mar.

Una vez que consigo ganar suficiente resguardo con la isla de Tarifa modifico de nuevo el rumbo hacia el oeste, aflojo escotas y pongo los 25-30 nudos de levante casi completamente en popa. En algún momento el mar cambia, y los borreguillos son sustituidos por una ola a favor del viento por la que me deslizo a la mayor velocidad a la que me había desplazado hasta el momento en este barco, la corriente es ahora favorable, y el siguiente punto a superar es el cabo Trafalgar.

La costa se distingue arenosa en el litoral y más montañosa al interior, esta zona entre Tarifa y Trafalgar es un paraíso para los amantes de los deportes de viento y con los prismáticos puedo divisar el colorido de numerosas cometas de kitesurf. Estas aguas han sido además testigo de una de las batallas navales más importantes de la historia, y yo revivo sobre esta hoja de papel mi propia batalla que poco a poco va dejando una huella imborrable.

A la altura de la punta de Torre de Gracia cambio el rumbo más al Norte para pasar Trafalgar entre los bajos del Hoyo y de la Aceitera, más cerca del primero, y tras navegar así casi una hora, el viento cae de manera considerable al situarse la costa a Barlovento. Es ahora, con el sol a punto de ocultarse ya en el Atlántico cuando percibo algo que me resulta agradablemente familiar, es el mar de fondo; una tendida ola de unos dos metros, inexistente en el Mediterráneo, por la que me deslizo navegando suavemente. Enrollo el Génova, me voy a proa y me acuesto en la cubierta para disfrutar de una preciosa puesta de sol en el Atlántico. Estos son los instantes que hacen que todo valga la pena, incluso más allá del viaje.

Una de cal  y una de arena

Navego cuatro horas con rumbo oeste noroeste y la proa puesta al este del Algarve portugués, alejándome de la costa mientras me adentro en la noche, este rumbo directo me alejará de la zona que se encuentra en aviso de temporal pero lo hará también del área de cobertura del vhf. De momento todavía escucho las conversaciones del puerto de Cádiz con los barcos que se encuentran en su zona de fondeo.

Llevo más de una hora observando algún tipo de luz en el mar, a mi proa; en la carta puedo ver una zona marcada como área restringida y entre las conversaciones de la radio oigo a un práctico quejarse de la lejanía del fondeadero; a medida que me acerco voy viendo más luces, marcando ya claramente la situación de fondeo de grandes barcos, así que modifico el rumbo para bordear por fuera al grupo de buques fondeados en una zona inusualmente alejada de tierra. La verdad es que tiene sentido la situación de esa zona de recalada, puesto que la gran ensenada que da forma a la costa entre Faro y Cádiz es una zona de poca sonda, en ella se sitúan las desenvocaduras de los ríos Guadiana, Tinto y Odiel, pero afecta sobre todo la del gran río del sur, el Guadalquivir. Es una zona donde la tierra ha ido ganando terreno al mar desde tiempos inmemoriales como indica su geografía plagada de marismas.

Paso cerca de un gran mercante que parece romper la noche con su silueta y con las luces de su cubierta y navego un rato con este rumbo mientras voy dejando por popa a aquellas moles que descansan sobre el agua, aparentemente inmóviles a pesar del mar de fondo. La noche se vuelve oscura de nuevo y un manto de nubes ocupa el cielo ya casi por completo, yo me dispongo a modificar el rumbo en el piloto automático situado en un tambucho de la bañera cuando de repente percibo algo…, un sonido sordo por encima del propio ruido de mi motor, una presencia desagradable. Me incorporo y puedo distinguir horrorizado un barco enorme a pocos metros de mi aleta de babor, instintivamente viro la rueda del timón completamente a estribor, saltando sobre el mar que agitaba aquel fantasma a su paso mientras el palo del Azores rozaba su casco cuando escoraba a babor, y agarrando con fuerza la rueda de mi timón poco a poco veo que me voy separando, por un segundo me pareció inevitable el abordaje.

-¿Qué hacía ese barco allí?, sin luces en medio de la noche-, no me lo podía creer. Cuando su popa pasa de largo miro atrás, y tras unos minutos de estupefacción veo encenderse las luces de aquel monstruo sombrío que me deja confuso e indignado, grito en la cubierta del Azores mientras intento ponerme en contacto con una costera para informar de lo sucedido sin obtener repuesta, el viento comienza a refrescar y aquel susto se va ya con mi estela.

Son las tres de la madrugada y el viento, que ha ido en aumento desde mi encuentro con el mercante frente a Cádiz, se ha vuelto racheado y de origen variable; en el equipo de abordo se dibuja un vector que oscila desde mi través de babor hasta la aleta de estribor con rachas que ya alcanzan los 35 nudos, llevo solamente la vela mayor a la que me resulta imposible meterle otro rizo y decido aguantarla así, antes que poner proa al viento en un mar impredecible y combinado, entre olas de superficie cuyas dimensiones empiezan a ser considerables y el mar de fondo en la proa cuya amplitud se ha reducido notablemente en una zona donde el Atlántico pierde profundidad. Bien abrigado y con el chaleco puesto recorro el barco con el arnés, la situación del mar dista mucho de lo que vaticinaba la predicción para esta hora.

El balance comienza a ser excesivo por momentos debido a las olas, que ya forman unas rompientes que lo dibujan todo de un blanco brillante en la noche, el paisaje me parece siniestro y entre balance y cabezadas el barco está a punto de cruzarse en un par de ocasiones, el piloto automático corrige incesablemente el rumbo pero cuando las olas vienen por el través tengo que gobernar manualmente para no perder la estabilidad. Lo paso realmente mal, parece que el viento poco a poco empieza definirse con 35-40 nudos por la aleta, pero el mar continúa caótico. Los rociones que entran en la bañera meten agua en la cabina por una apertura en uno de los portillos, me acerco para cerrarlo bien y puedo observar varios objetos rodando por el suelo de la cabina, aprovecho para agarrar de la cocina la botella de ron que había comprado en Gibraltar. – sí  no llego a Galicia me la bebo aquí –, pienso. Mantengo agarrada la rueda para corregir al piloto cuando el barco tiende a atravesarse, y con la otra mano le pego un trago a la botella que me remueve las entrañas. El piloto automático ya no responde ante semejante desmesura, lo desconecto y me mantengo al timón, vigilando las olas que me llegan para anticiparme a ellas y mostrarles la aleta. -Si esto es el temporal que anunciaban para la zona, los mapas meteorológicos dejaban Huelva y el este de Portugal fuera de su influencia- así que arriesgo y cambio el rumbo más al norte, hacia la desembocadura del Guadiana, y durante cuatro horas navego afanándome en mantener el rumbo.

Son las siete de la mañana y la claridad se asoma al cielo encapotado, el mar pierde poderío aunque continúa agitado y el viento cae durante unos minutos casi por completo y comienza a rolar a proa, la pequeña pausa en medio de aquella enajenación me hace ser consciente del estado de agotamiento en que me hallo. A medida que amanece se va estableciendo un viento térmico en proa que llega a 25 nudos, al que me enfrento navegando a motor con la mayor desplegada para mejorar la estabilidad del barco en el mar revuelto. Poco a poco se va divisando la costa, cada vez más cerca, y algunos pesqueros de bajura faenan entre la turbación de las aguas, apareciendo y desapareciendo de mi visión. Avanzo, sorteando las boyas que dejan los pesqueros, hasta el canal de entrada al río Guadiana y veo en la zona de la desembocadura una ola que termina por desaparecer en un mar confuso, arremolinado. Una de las embarcaciones de pesca se acerca a mí antes de que me introduzca entre las balizas laterales y me grita que hay aterramientos y la marea está baja, que me meta entre el espigón y la boya roja. -Desde luego ellos son los que mejor conocen el percal- pienso, y me pliego a sus indicaciones. En el espigón, que se encuentra en el lado portugués de la desembocadura (El Guadiana hace de frontera natural entre Portugal y España), unos pescadores me observan con asombro mientras surfeo literalmente con mi velero la ola que se forma, la alarma de sonda no deja de sonar mientras el profundímetro del barco marca menos de dos metros, al límite de mi calado. Son demasiadas emociones fuertes ya.

Tras superar la ola e introducirme por fin en el río navego por su cauce lentamente contra la corriente hasta el puerto deportivo de Vila Real de Santo Antonio (Portugal), y una vez allí atraco a un pantalán de espera a donde llega un trabajador del puerto cuya primera acción es reprenderme por haber entrado con marea baja por la desembocadura, instándome a que cuando me vaya lo haga con la pleamar; tiene razón y se la doy, – obrigado-.

Mientras me dirijo a la plaza asignada recibo en el teléfono multitud de whatsap y mensajes, son de mi hermano y de Fernando advirtiéndome de que la predicción había cambiado y el temporal en el golfo de Cádiz se adelantaba a la madrugada, ahora ya lo sabía. Tomo atraque a las 11:30 horas tras 150 millas recorridas, consciente del significado de la palabra miedo, pero consciente a su vez de que el empeño que había puesto en no verme doblegado me sitúa ya en Portugal, y de este modo doy con mis huesos en el catre dispuesto a tomarme un merecido descanso.

“A Fernando,

por apuntalar mi confianza con la suya,

animándome a emprender este viaje iniciático”

 

Continuará…
Continuará…
Continuará…
Continuará…
Continuará…